La Patria es dicha de todos, y dolor de todos, y cielo para todos. José Martí

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El tropiezo con la libertad aseguró una fatalidad decisiva

06 Oct 2023
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Imagen © FPP

“Sería fatal olvidar que la independencia y libertad nacional
son hijas de la libertad individual.”
Félix Varela (1788-1853).

(Compartimos del capítulo 2 de una serie de 10 capítulos, autoría de Roberto Veiga González, publicados en el Cuaderno No. 15 de este Centro de Estudios con título «Cuba, bordeando el precipicio».)

El 1 de enero de 1959 estableció en Cuba un torbellino nacional. Para la mayoría social era necesario rehacer la República. Quienes revisen la colección de Cuadernos de la Universidad del Aire, donde Jorge Mañach daba espacio, sobre todo, al pensamiento de derecha y centroderecha, se percatarán de que los análisis aupados por este proyecto impugnaban el ordenamiento de la República. Por otro lado, si revisamos la encuesta de la Agrupación Católica Universitaria, en la década de 1950, encontramos una sociedad muy desigual, con muchos pobres. Estos ejemplos, y muchos otros, hicieron posible que la mayoría social reconociera que la Revolución constituyó un acto legítimo y patriótico, liderado fundamentalmente por los movimientos 26 de julio y 13 de marzo.

Sin embargo, trastocar el entramado de relaciones sociales y políticas, internas e internacionales, para pretender una respuesta amplia, radical, rápida e irreversible a los compromisos notificados al país, convertía a la Revolución en un acto políticamente inverosímil. Eran justos muchos de los anhelos defendidos, pero lograrlos de inmediato no era funcional a todos los sectores e intereses de cubanos y de otros países en Cuba, poseedores de los resortes y estructuras que articulaban al país; lo cual hizo necesario un excesivo radicalismo, romperlo todo y comenzar de cero o ni siquiera de cero. Ello trajo como consecuencia que, con independencia de los logros, no fuera posible un modelo que trascendiera significativas condicionantes que se arrastraban ni las incorporadas por el nuevo proceso.

Asimismo, el tropiezo con la libertad aseguró una fatalidad decisiva. El propio comandante Ernesto Guevara, importante ideólogo del proceso, en su obra El socialismo y el hombre en Cuba, interrogó al respecto. Desde una postura radical cuestionó valores fundamentales de la antropología cubana y señaló modelos de conductas “socialistas” que debían sustituirlos. Pero, con preocupación, alertó que tal vez numerosas personas no estarían dispuestas a esa transformación de valores y entonces habría que interrogarse, pues dejaría de tener sentido si ello no ocurriera desde la libertad. Lamentablemente el comandante Guevara no llegó a responder su propia pregunta y con posterioridad tampoco otros lo han procurado. Incluso, más bien se proscribió la posibilidad de tal interrogación. Esto instauró una especie de espiral descendente, laberíntica.

Incluso los logros sociales, que fueron una dignificación de muchos cubanos, estuvieron condicionados por el encogimiento de la libertad, lo que introdujo cuotas agudas de perjuicios y frustraciones, radicalismo y confrontación. Esto no sólo marcó las relaciones entre los representantes del régimen derrocado y quienes aspiraban a uno distinto, sino también entre diversos actores dentro de las filas de los movimientos que hicieron colapsar el viejo orden. Ello condujo a una beligerancia civil (1960-1966) que fue derrotada por el nuevo oficialismo; y como consecuencia, se acrecentó y consolidó la fractura político-ideológica entre cubanos. Apelando a esta, el poder desplegó una vocación unionista, que colocó a los individuos y las instituciones al servicio de una ideología que, en definitiva, era una voluntad única, criminalizando la autonomía en todos los ámbitos.

A la vez, durante la década de 1960, se anunció la búsqueda de un modelo sociopolítico propio y un desarrollo económico capaz de sustentar el bienestar general. Para intentarlo, se integró al quehacer gubernativo el caudal organizativo e intelectual de una de las fuerzas que, aunque tardíamente, compartía la gestión revolucionaria: el Partido Socialista Popular (comunista). Por otra parte, la confrontación creciente entre los Gobiernos de Estados Unidos y Cuba, y el activismo de los comunistas cubanos, fueron acercando la Revolución (decíase entonces: nacionalista y popular) hacia la órbita de la URSS y el bloque socialista de Europa del este.

Esto hizo posible que, en un momento de crisis, el Gobierno de la Isla estableciera el carácter socialista del proceso, si bien agregaba que sería diseñado según un modelo propio. Muchos lo consideraron positivo porque socializarlo todo (la economía, la democracia, el poder, la libertad, etcétera) podría ser una metodología efectiva para lograr los objetivos programados. No obstante, los intentos fracasaron y en 1970 el Gobierno integró plenamente a Cuba en la órbita socialista gobernada desde Moscú.

Afines al proceso y la mayoría de quienes ocupaban posiciones oficiales compartían muchos de los propósitos de este bloque socialista y -además- comprendían que no podrían sostenerse sin un entramado de relaciones y alianzas, aunque no pocos recelaban de la praxis e institucionalidad “socialista” creada desde Moscú. A la vez debemos considerar que aquel mundo giraba en torno a dos cosmovisiones y una, liderada por Estados Unidos, enfrentaba al Gobierno cubano, y la otra, gobernada por la URSS, se ofrecía para apoyarlo; también que, además del apoyo de la mayoría social, llegó ser significativa la conformidad de quienes no apoyaban, y aquellos no dispuestos a esa convivencia solían marcharse del país.

En medio de esto, el Gobierno cubano, en contra de las preferencias de Moscú, se implica en la gestación de procesos revolucionarios en América Latina y en luchas emancipadoras en África. Esto respondía a una vocación manifiesta del Gobierno en cuanto a lo que consideraba la lucha por la liberación en todo el orbe. Pero estaba implícita, además, otra motivación: la existencia de nuevos procesos y Estados afines políticamente, en varios continentes, que le permitieran a Cuba disfrutar de una multiplicidad amplia de relaciones y alianzas, con el propósito de reforzar el desarrollo interno y la capacidad de rediseñar el modelo social con mayor autonomía. Sin embargo, la URSS y todo el bloque del este se derrumbaron, la pretendida liberación de América Latina no ocurrió en ese momento ni de la forma esperada y, en tal contexto, la emancipación de países africanos la condujo por otros senderos. Este escenario colocó al Gobierno cubano en una situación extremadamente adversa.

Quienes se oponían a la Revolución señalaron que debía reconocerse que todo había sido un error. Otros, dentro de la Revolución, indicaron la necesidad de mantener los principios, incluso la impronta socialista, pero que era preciso agregar ideas, instituciones y procedimientos nuevos, para evitar un colapso semejante al de Europa del este y definitivamente enrumbar al país por senderos de progreso. Pero algunos, valorando la complejidad del asunto, y presentando las circunstancias internas y externas, lograron la victoria del inmovilismo. Argumentaron que la falta de solidez interna y de alianzas externas no facilitaban tales reformas, sin correr el riesgo de quedar colocados en manos de sus adversarios. Se impuso esta posición; pero con alguna esperanza de poder avanzar, con cautela, en la creación de condiciones que llegaran a facilitar el desarrollo del modelo social. Sin embargo, sólo se acrecentaron la pobreza y cierto egoísmo, el agotamiento de los paradigmas e imaginarios, la burocratización de la sociedad y el autoritarismo, la diversidad ideo política y la represión, y se empinó el ascenso de la desidia.

Fidel Castro conocía los déficits de la estructura económica establecida, pero no intentó solución. Optó por ella para evitar que, por medio de la empresa privada, fueran empoderados actores individuales que pudieran convertirse en una fuerza contendiente. Concibió dicho modelo económico sólo en función de la economía real que provenía de la URSS y el CAME -más tarde de Venezuela-, y distribuirla de acuerdo con la visión de bienestar legitimada en aquella época. Lo esencial de ese modelo era el rentismo, o sea, ofrecer algún provecho a los aliados y, a cambio, recibir los recursos que canalizaría para todo en el país. De este modo, cuando en 1994 estuvo en la Isla el ministro de economía del presidente español Felipe González, quien presentó a Castro una propuesta de reforma económica, éste reconoció la pertinencia de lo que exponía, pero concluyó que habría de implementarse después de él.

Igualmente, entendió la debilidad del “marxismo-leninismo” como doctrina de Estado, si bien lo reafirmó, pero también incorporó una narración entorno al legado del nacionalismo cubano. Por esos andares, el 1 de enero de 2001, ofreció el llamado “concepto de Revolución” a través del cual desmontó los presupuestos ideológicos hasta ese momento imperantes y los sustituyó por un conjunto de principios que pudieran ser suscritos por casi todas las personas. Sin embargo, ello no fue incorporado como presupuesto político y menos en la praxis.

Quedaba así el país desprovisto, solamente a tenor de su capacidad de poder y control, de previsión y discurso, de maniobra y administración de la pobreza; hasta que enfermó el 26 de julio de 2006 y traspasó sus funciones a Raúl Castro, entonces segundo al mando.

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Centro de Estudios sobre el Estado de Derecho y Políticas Públicas

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