La Patria es dicha de todos, y dolor de todos, y cielo para todos. José Martí

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La Iglesia, como mediadora, debe evitar constituirse en único sujeto capaz de dialogar con el poder

La visita del cardenal Stella, sus declaraciones luego del acto ocurrido en el Aula Magna, dan cierta esperanza.

02 May 2023
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Imagen © Yandry Fernández Perdomo

Respuestas de Joeluis Cerutti Torres al dossier de Cuba Próxima titulado Iglesia Católica y mediación política en Cuba, coordinado por Leonardo M. Fernández Otaño

1- Tradicionalmente, se le asigna a la Iglesia Católica el papel de mediadora o facilitadora para la solución de conflictos sociales, políticos… ¿Por qué ocurre esto? ¿Puede mencionar ejemplos exitosos de estas gestiones de la Iglesia durante diferentes etapas de la historia?

La Iglesia ha sido mediadora en conflictos internacionales desde muy antiguo. A esto, tal vez, contribuye que sea una institución con una presencia extendida en casi toda la geografía, que le permite conocer los conflictos desde todas las perspectivas, y a la vez una estructura que, en principio, está por encima de los nacionalismos, con autoridad central (el papado, la Santa Sede) en diálogo con autoridades locales (los episcopados). También, el hecho que desde siglos se haya preocupado por tener representación diplomática, a través de los nuncios, ante los distintos poderes civiles, lo que le ha hecho ser un actor extremadamente hábil en disímiles escenarios. Por último, y a pesar de etapas de su historia no ejemplares, el mensaje de la Iglesia tiende a ser un mensaje de paz, diálogo, entendimiento, lo que le confiere cierta autoridad moral que hace que su poder, sin ser “concreto”, sea muy efectivo.

Ejemplos de mediaciones exitosas -también las ha habido fracasadas, o cuando menos, infructuosas- estaría la mediación del papa Francisco en el restablecimiento de relaciones entre Estados Unidos y Cuba; el papel de Juan XXIII entre Estados Unidos y la Unión Soviética cuando la crisis de los misiles; el papel del papa Francisco en los conflictos en Sudán del Sur; o Juan Pablo II entre Chile y Argentina en 1984.

2- En los primeros años de la década de 2010, la Iglesia Católica en Cuba participó como facilitadora de algunos procesos de liberación de presos políticos, de normalización de las relaciones entre Cuba y Estados Unidos, y de otras cuestiones sociales. ¿Pudiera hacer un balance de sus éxitos, fracasos y errores?

La mediación de la Iglesia en Cuba en el 2010 se dio en un momento digamos favorable, con un Raúl Castro que parecía reformista y aperturista. Creo que los obispos, en especial el cardenal Jaime Ortega, supieron aprovechar la disposición de Raúl Castro, y aliviar una situación de injusticia que necesitaba solución. Creo que, siempre que haya un hombre liberado sin comprometer a otros, ni comprometer la propia credibilidad, siempre es un éxito. Y este fue el caso de aquellos años. Errores, creo que haber sobreestimado la capacidad que tenían ellos, los obispos, de trabajar por el bien de la nación. El innegable logro de la liberación, tal vez, les hizo creer que podrían llevar a buen término muchas más negociaciones y, lo peor, que solo ellos podían y que cualquier otra iniciativa surgida desde otros miembros de la Iglesia les entorpecería.

3- ¿Cuál es la posición actual de la Iglesia Católica en Cuba, como institución, acerca de la crisis nacional que padecemos? ¿Cuánto la conduce, esta posición, a un nuevo desempeño de facilitación o mediación en busca de soluciones?

Con pesar, creo que la Iglesia Católica hoy, en las personas de sus obispos, no tiene capacidad de desempeñarse como mediadora en la gravísima crisis que enfrentamos. Entre otras cosas, no hay un liderazgo claro, fuerte y de mirada amplia y certera como el del cardenal Jaime Ortega, con todo lo que se le pueda criticar. Aunque, esto tal vez se deba, en parte, a la misma manera centralizada en que Ortega vivió sus últimos años y gestiones; no solo no permitía otro liderazgo sino el suyo, sino contribuyó a iniciar una distancia, que hoy parece crecer cada vez más, entre los obispos y algunos sectores de laicos jóvenes, sacerdotes, religiosos y religiosas.

La posición de los obispos en Cuba, hoy, no es clara. Y esto es lo peor. No hay un pronunciamiento público en que sea evidente qué creen, en ningún sentido. Tal vez estén haciendo milagros en lo oculto, pero, aunque me encantaría creerlo, no lo creo. Para poder ejercer de mediadora, la Iglesia cubana necesitaría volver a ser reconocida con una autoridad moral y una capacidad e independencia que hoy, creo, no muestra. Con todo, no pretendo con ello hacer juicio de valor, solo describir la realidad que percibo, las razones de por qué esto es así no son evidentes, y se puede debatir mucho.

Tampoco el Papa, la Nunciatura, la Santa Sede, parecen ser actores capaces de favorecer, sobre todo porque en gran parte de la gente hay desconfianza dados los últimos pronunciamientos y hechos, y porque no hay ningún contacto, ni parece haber voluntad de crearlo, con nadie de la diversísima y bastante enfrentada oposición, cosa que por supuesto no favorece que este contacto se produzca.

4- En esta gestión, si ocurriera, ¿cómo sería la participación de una misma Iglesia que posee representantes en Cuba, por medio del episcopado, pero también en la Santa Sede y en otros lares del orbe?

Si ocurriera, necesitaría partir de una posición más clara de la Santa Sede sobre la situación cubana, que permita confiar en ella como mediadora, y no como otro instrumento más del Gobierno de Cuba para lavar su imagen. En este sentido, al final de la visita del cardenal Stella, sus declaraciones luego del acto ocurrido en el Aula Magna, dan cierta esperanza.

Por otro lado, necesitaría de los obispos cubanos la valentía de denunciar las injusticias más evidentes, de llamarlas por su nombre. Y de tener una voz propia, no siempre expectante de qué pueda venir desde Roma. La Iglesia necesita escuchar a sus obispos, porque por momentos su silencio ha sido, permítase el oxímoron, ensordecedor.

Según mi perspectiva, para que se produzca lo primero (una más clara posición de Roma, y del Papa en particular), ha de darse antes lo segundo (una posición firme de los obispos). El papel de la Santa Sede suele ser siempre de garante, de facilitador, pero nunca suplantar el papel, la responsabilidad, y la capacidad de asumir las consecuencias que pueden derivar de las denuncias explícitas, de los obispos locales. En Nicaragua, donde la situación de confrontación entre la Iglesia y el Gobierno ha tomado unos tonos extremadamente dramáticos, se da tal vez el mejor ejemplo de este orden de cosas.

5- ¿Qué debería proponerse la Iglesia Católica en una eventual mediación o facilitación? ¿Cómo podría hacerlo?

Intento comenzar ensayando el ‘cómo’, antes que el ‘qué’. Porque para que haya mediación, es necesario reconocer que hay un conflicto. Es necesario reconocer partes, y es absolutamente necesario reconocer la legitimidad de los reclamos de una de las partes. Sin ese proceso, no puede haber mediación, sino a lo sumo, negociaciones más o menos transparentes, pero poco efectivas a largo plazo. Y perjudiciales, pues sitúa a la Iglesia no como mediadora, favorecedora del diálogo, sino como único sujeto capaz de dialogar con el poder, con el peligro de ser vista incluso como legitimadora del poder.

Comprendo el valor de la prudencia, de no aparecer como un opositor, porque no pertenece a su naturaleza; pero la posibilidad de ser un actor en quien se deposita confianza pasa por la altura moral de quien reconoce la situación objetiva. De quien puede mostrarse capaz de sentarse a la mesa mirando de frente, no al suelo; dando voz a grupos e intereses legítimos, no expresando su propia voz.

Tal vez un paralelo puede ser útil, consciente de la enorme distancia que suponen los ejemplos. Pero precisamente por la distancia que suponen, por la relevancia internacional inigualable que presupone, mirar la actitud del Papa ante la guerra en Ucrania sirve de ejemplo. Desde el inicio de la invasión ha sido evidente que, en Roma, tanto el Papa, como la Secretaría de Estado, como diversas Academias Pontificias, han estado trabajando intensamente en el campo diplomático por favorecer contactos, por buscar encuentros, por poner fin inmediato al enfrentamiento. Sin embargo, eso no ha implicado que el Papa denuncie la objetividad del hecho de que la invasión rusa es injusta, con calificativos a veces muy duros; como tampoco ha impedido que denuncie que los esfuerzos del resto de las naciones han sido puestos más en armar a Ucrania que en el arte de la diplomacia.

En resumen: la intensidad del trabajo diplomático no descansa en negar y denunciar la objetividad del mal, sino precisamente parte de la capacidad de denunciarlo, y desde ahí buscar soluciones. Si esto es posible en una situación tan delicada, con mucha mayor razón este orden de cosas es necesario en problemas de carácter local: reconocimiento de la existencia de un conflicto y de varios actores, denuncia del mal objetivo, y propuesta y búsqueda de mediación y diálogo.

Luego, ¿qué debería proponerse? Esto dependerá mucho de cómo se llegue al hipotético escenario de mediación. Probablemente, como no negociable, tendrá que aparecer la liberación de los presos políticos. Habrá que ser suficientemente hábil para que todas las partes reconozcan que este paso es necesario, es decir, que sin él no hay otros pasos. Y que tener a los cientos de jóvenes que hoy están presos es un valor en sí mismo, que va más allá del instrumento y del discurso que el Gobierno tenga para liberarlos; y, por otro lado, habrá también que ser claros en el discurso público de los responsables de la Iglesia, que no se trata de solicitar un favor, sino de una necesidad de la sociedad, de la Nación, y que no es el único objetivo de conversaciones, sino de un paso previo para un proceso que es más largo. Porque las razones por las que estaban (están) detenidos, permanecen.

SOBRE LOS AUTORES

( 1 Artículos publicados )

Investigador, Universidad Politécnica de Madrid.

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