¿Dónde está Noruega mientras Cuba está siendo ocupada?
Los cubanos de a pie tuvieron que frotarse los ojos al ver la imagen: el mismísimo director de la CIA, John Ratcliffe, aparece firmes ante una mesa en La Habana, cara a cara con un hombre al que casi nadie ha visto ni conoce por su nombre, pero a quien muchos temen: el jefe de la Inteligencia cubana —el equivalente isleño de la CIA—, Ramón Romero Curbelo. También estaban presentes otros de los temidos altos dirigentes del aparato de seguridad y represión del país, quienes recibieron a Ratcliffe en su propio centro de operaciones. Haber logrado capturar y publicar una fotografía de ese encuentro debe considerarse, sin duda, un golpe propagandístico de gran envergadura por parte de la CIA.
El presidente Trump se encontraba ese mismo día en Pekín elogiando al mandatario chino, Xi Jinping, acompañado por el secretario de Estado, Marco Rubio, a quien todos consideraban el principal responsable de la política hacia Cuba. Según los comunicados oficiales, la cúpula de la CIA viajó a La Habana para debatir «la compleja relación bilateral» y la necesidad de «gestionar la actual situación de crisis». Esa misma jornada, el ministro de Energía declaró que el país se había quedado completamente sin petróleo; una suerte de «Opción Cero» estaba a las puertas.
Mientras tanto, desde Estados Unidos llegó la noticia de que el Fiscal Federal para el Distrito Sur de Florida preparaba una acusación formal contra Raúl Castro, quien a sus 94 años probablemente sigue siendo el verdadero jefe de los hombres que se reunieron con la CIA —agencia que durante 65 años ha sido el símbolo por antonomasia de la denominada «maldad imperialista» que ha intentado aplastar la Revolución cubana—. Y frente a Cayo Hueso, en Florida, el punto más cercano a la isla, Estados Unidos llevaba a cabo un ejercicio naval híbrido que ponía a prueba «una arquitectura militar moderna, autónoma y escalable».
¿Qué diablos estaba ocurriendo? ¿Se avecinaba una repetición de la operación Venezuela del 3 de enero? Ratcliffe también había estado en Caracas en conversaciones con Delcy Rodríguez, la sucesora de Maduro avalada por Washington.
El día en que Trump «tome Cuba» se acerca seguramente a pasos agigantados, aunque todavía le cuesta poner fin a la guerra con Irán de un modo que no parezca un fracaso estrepitoso. La opinión pública también pudo ver lo sumiso que se mostró ante el líder de la potencia hegemónica en ascenso, China. Ahora, el mandatario estadounidense necesita una victoria que mostrar a sus votantes antes de las elecciones de mitad de mandato, a pocos meses vista, y Cuba es la candidata obvia.
Algunos cubanos habrán esperado que el presidente Xi le susurrara algo al oído a Trump para que abandonara su retórica belicosa contra la isla. Justo antes de la visita de Estado a Pekín, el Ministerio de Relaciones Exteriores chino había instado a Washington a poner fin de inmediato al bloqueo y a toda forma de coacción, subrayando que esto «viola gravemente el derecho del pueblo cubano a la subsistencia y al desarrollo, y las normas fundamentales de las relaciones internacionales». Cabría imaginar un intercambio: ¿China se abstendría de ejercer presión provocadora sobre Taiwán a cambio de que Estados Unidos hiciera lo mismo con Cuba? Ambas islas se encuentran a distancias similares de sus respectivos «hermanos mayores». Sin embargo, para China, Taiwán es un asunto demasiado importante como para vincularlo a otros temas geopolíticos. Lo mismo ocurre con la guerra de Irán: China dice claramente lo que piensa sobre ambas cuestiones, pero deja que Trump las resuelva sin intervenir directamente. ¿O tal vez recibió una advertencia oportuna para frenar un plan tan torpe que, de ejecutarse, dejaría en el ridículo internacional a los aliados extranjeros del gobierno cubano?
Todo se vuelve especulación cuando uno intenta imaginar cómo se desarrollará el drama cubano en los días, semanas y meses venideros. Personalmente, no creo en una intervención militar ni en un nuevo secuestro del «líder máximo enemigo». La propia CIA sabe bien que podría convertirse en un ejercicio enormemente exigente y potencialmente humillante para el presidente Trump, muy distinto de la espectacular operación venezolana. Las últimas declaraciones de Rubio apuntan a que se le concederá al régimen una última oportunidad para demostrar su capacidad de enderezar el rumbo, sobre todo en lo económico, aunque él mismo duda de que sea capaz de lograrlo. Todo lo que está ocurriendo debe leerse como una asfixiante presión sobre La Habana para que reconozca que la llama de la revolución se ha apagado y ceda ante las exigencias estadounidenses.
¿Y qué es lo que quieren? Creo que lo fundamental es permitir que el poder económico cubano de Florida entre a apoderarse de lo que quede en pie entre las ruinas. Hablamos de tierras agrícolas de primera calidad, playas y hoteles donde construir campos de golf y complejos turísticos; minas de níquel y cobalto cuyos propietarios canadienses han sido efectivamente expulsados para que los intereses estadounidenses recuperen los yacimientos que explotaban antes de 1959, en el marco de la desesperada búsqueda de minerales críticos por parte de Trump. Pero también hablamos de lo que ha sido una industria farmacéutica casi milagrosa y, en general, de una mano de obra altamente cualificada que Estados Unidos vería con buenos ojos regresar de su exilio para participar en la reconstrucción de la «nueva Cuba» liderada por Washington, como prueba de la victoria definitiva del capitalismo sobre la pesadilla socialista.
Una reciente entrevista en el diario español El País a uno de los principales multimillonarios cubanos de Miami, Jorge Mas, ofrece importantes pistas sobre estos planes. Él —hijo del difunto y legendario líder de la Fundación Nacional Cubano Americana— ha dirigido la elaboración de dos documentos clave: una hoja de ruta para una Cuba «próspera, democrática y de libre mercado», y una suerte de modelo para una nueva constitución. En la entrevista muestra un gran optimismo respecto al país que quiere contribuir a recuperar: reconstrucción de infraestructuras, puertos y rehabilitación de ciudades. No quiere copiar sin más el capitalismo estadounidense, aunque no descarta que Cuba pueda convertirse en el estado número 51 de la Unión. Confía en que, con las nuevas instituciones del Estado de derecho en funcionamiento, sus adinerados amigos de Florida participarán con entusiasmo en una inversión masiva que convertirá a la isla en un prodigio económico de alta tecnología, preservando el bienestar social —que implícitamente reconoce que el socialismo creó—, pero en una versión privatizada.
Sin embargo, la nueva Cuba también se planifica en otros círculos: entre economistas, intelectuales y grupos de la sociedad civil que sueñan con una suerte de Estado del bienestar socialdemócrata. Son sectores con los que Noruega ha mantenido una estrecha relación durante quince años, pero que ahora se encuentran mayoritariamente en el exilio. Yo mismo he participado en incontables seminarios y estudios que han buscado inspiración tanto en el «modelo nórdico» como en el modelo chino y vietnamita. Un grupo de economistas vinculados al Cuba Study Group de Miami trabaja en un programa de economía de transición, mientras que un think tank llamado Cuba Próxima, integrado en la red de la sociedad civil DFrente, elabora su propia hoja de ruta, la cual incluye reformas políticas y legales. Ellos exigen que el diálogo que el poder en La Habana mantiene ahora con Washington vaya acompañado de un debate interno entre el gobierno y el pueblo cubano.
En este contexto, resulta bastante llamativo que el Gobierno noruego guarde un silencio absoluto ante la retórica de Trump de que «Cuba es la siguiente», y que tampoco logre movilizar un mínimo de ayuda de emergencia. Si queda algo de la diplomacia noruega hacia América Latina tras el Premio Nobel de la Paz concedido a María Corina Machado —amiga de Trump— y los escándalos del caso Epstein, que afectaron directamente a varios prestigiosos diplomáticos de nuestro país, deberíamos retomar el apoyo a quienes hoy luchan por un futuro más humano para Cuba, en lugar de dejarle tácitamente las manos libres a los aliados de Trump. A través de las negociaciones de paz en Colombia, hemos forjado con Cuba una relación excepcionalmente estrecha y especial; una oportunidad que clama ser utilizada activamente en el drama que ahora se despliega ante nuestros ojos.
*Texto publicado originalmente por Klassekampen en Noruega.
SOBRE LOS AUTORES
( 4 Artículos publicados )
Reciba nuestra newsletter