La Patria es dicha de todos, y dolor de todos, y cielo para todos. José Martí

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El fin de la Cuba revolucionaria

Por Pablo Stefanoni

07 May 2026
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La historia de las naciones suele medirse en ciclos, y los ciclos, por naturaleza, tienden a agotarse cuando la épica que los fundó deja de encontrar asidero en la realidad cotidiana. En Cuba Próxima, nuestro compromiso ha sido siempre fomentar un diálogo plural, riguroso y, sobre todo, honesto sobre el presente y el porvenir de nuestra Isla. Es bajo esta premisa que presentamos hoy el texto “El fin de la Cuba revolucionaria”, del destacado historiador y periodista argentino Pablo Stefanoni, publicado originalmente en Pubblico, de la Fundación Feltrinelli.

Stefanoni, una de las voces más lúcidas de la izquierda intelectual latinoamericana contemporánea, nos propone una lectura que trasciende la dicotomía ideológica tradicional. Con la agudeza que lo caracteriza, disecciona la agonía de un modelo que parece haber consumido hasta su última “renta de heroicidad”. El autor analiza la desconexión entre una élite política, cada vez más mimetizada con estructuras económicas militares, y una sociedad que ha comenzado a “destituir el régimen emocional” que sostuvo al sistema por décadas.

Stefanoni no elude los factores externos, como la presión de la administración estadounidense y la influencia de figuras como Donald Trump y Marco Rubio, pero sitúa el foco en la incapacidad del Estado cubano para transformarse, atrapado entre el miedo a la apertura y una realidad material insostenible.

Esta crisis no solo marca el agotamiento de un sistema de gobierno, sino que plantea un desafío vital para el futuro de las izquierdas en Cuba, que deberán decidir si se hunden con el modelo estatista o si son capaces de dinamizarse dentro de una pluralidad democrática y moderna.

Desde Cuba Próxima, agradecemos a Pablo Stefanoni por confiarnos la divulgación de este ensayo. Su mirada es una invitación a dejar de observar a Cuba como un “parque temático de utopías pasadas” para empezar a verla como un país real, con ciudadanos que demandan el derecho a imaginar un futuro más allá de la resistencia eterna.

Los invitamos a leer, debatir y, sobre todo, a pensar el país que emerge entre los escombros de lo que alguna vez fue.

Roberto Veiga González


Pablo Stefanoni

Jean Baudrillard escribió una vez que no estamos ante el fin, sino ante el arrepentimiento de la historia. Cuba entraría sin duda entre los fragmentos dispersos de ese “arrepentimiento”. Apelando de manera libre a esta imagen, podemos entender la agonía de la Cuba nacida el 1 de enero de 1959. Las imágenes de Cuba, con sus edificios derruidos, los cotidianos cortes de luz, la crisis de los hospitales y la falta de perspectivas ya no tienen épica alguna. Los carteles que rezan “Señores imperialistas, no les tenemos ningún miedo” se fueron destiñendo; las élites políticas se fueron volviendo, sobre todo en el caso de los militares, elites económicas; y, si faltaban imágenes del fin de un ciclo, se dice que es Raúl Rodríguez Castro -llamado popularmente “Raulito”, nieto de Raúl Castro y su jefe de seguridad-, quien está negociando de manera reservada con Estados Unidos.  

Fidel Castro se mantuvo siempre reticente a impulsar reformas significativas; su hermano Raúl las inició con un discurso más realista (“debemos dejar de gritar abajo el bloqueo y ponernos a producir”), ¿y será su nieto quien negocie una salida con los “gringos”? Difícil saberlo. Como es difícil saber cuál será la deriva de la estrategia de Donald Trump y Marco Rubio de ahogar a Cuba estrangulando sus importaciones petroleras. 

Como escribió Wilder Pérez Varona, “por primera vez en seis décadas, el Estado ha dejado de monopolizar la producción y circulación de discursos públicos. La generalización de la conectividad ha producido una esfera pública fragmentada, contradictoria y transnacional que reordena el terreno de lo pensable”. En ese marco, “la circulación de significantes como “Patria y Vida” ‒en oposición a “Patria o Muerte”‒ no solo desafía una narrativa, sino que destituye un régimen emocional y moral que durante décadas sostuvo la legitimidad oficial”. De esta forma, la hiperpolitización revolucionaria devino en formas de hiperdespolitización y cinismo político generalizado -algo que ya había ocurrido en el resto del bloque socialista-. Las “conquistas de la revolución” se volvieron retórica hueca y el discurso oficial aparece como un eco patético de los tiempos heroicos. 

En 1959, la Revolución Cubana conmovió a América Latina. Fue un atrevimiento frente al imperio que, de manera casi milagrosa no pereció a los pocos meses. Todas las corrientes de la izquierda continental encontraron en ella algo para reivindicar: desde nacionalistas de izquierda hasta trotskistas, pasando por socialistas, comunistas y maoístas. Frente al anquilosamiento del comunismo soviético, un conjunto de barbudos encarnaban un socialismo sexy, con exotismo caribeño y la fuerza moral de David contra Goliat. 

Pero rápidamente, por debajo del carisma infinito de Fidel Castro, el sistema se sumió en un modelo de tipo soviético. La detención del poeta Heberto Padilla en 1971 dejó ver esta deriva. Un reciente documental, basado en la filmación de la Seguridad del Estado, recupera su “autocrítica” frente a la Unión de Escritores y Artistas Cubanos (Uneac) en la que su acento caribeño y su aparente desenfado no pueden ocultar las delaciones que van ocurriendo durante su presentación ante sus colegas escritores. Como ya había advertido Fidel Castro en sus Palabras a los intelectuales, en 1961, “dentro de la Revolución todo, fuera de la revolución nada”, lo que se puede traducir fácilmente como “dentro del Estado todo, fuera del Estado nada”. 

A falta de un modelo de socialismo viable, Cuba terminó viviendo, en el plano simbólico, de una “renta de heroicidad” alimentada por las políticas criminales de Estados Unidos hacia la isla. Una gran parte de la izquierda latinoamericana decidió no discutir sobre Cuba mientras durara el bloqueo y la agresión imperialista. Pero el problema de esa posición es que a fuerza de denunciar el muy real bloqueo externo, terminó por invisibilizar el interno. 

Cuba nunca fue en verdad un modelo de desarrollo socialista para el resto de los países de la región. Vivió primero de los vínculos preferenciales con la Unión Soviética y, más recientemente de Venezuela. Eso le permitió garantizar procesos de movilidad social, sobre todo de la población rural y afrocubana, y organizar un sistema de seguridad social capaz de garantizar salud y educación para toda la población. No era poco en América Latina. Pero el costo fue un sistema unanimista que acabó por estrangular el dinamismo cultural, que hacía de La Habana un lugar tan singular en el Caribe. Y esas conquistas son hoy un eco de otros tiempos. 

Las élites cubanas desaprovecharon la oportunidad de ensayar algún tipo de apertura cuando la distensión habilitada por Barack Obama y la existencia de un fuerte bloque de izquierda en la región podría haber funcionado como un amortiguador para garantizar una transición ordenada -aunque no exenta de riesgos-. Pero el Partido Comunista Cubano se encontró, desde 1989, entrampado entre el temor a un derrumbe de tipo soviético tras el intento reformista de la Perestroika y la imposibilidad política y material de encarnar unas reformas como China o Vietnam -con partido único y apertura económica-.  

Como escribió el economista cubano Ricardo Torres: “La experiencia cubana confirma algo bastante elemental: ningún proyecto social puede sostenerse indefinidamente sin una base material suficiente. Durante demasiado tiempo, sin embargo, la dirigencia cubana apostó por esquivar ese límite. En lugar de transformar los pilares internos del funcionamiento económico, prefirió buscar arreglos favorables con aliados externos que permitieran preservar un mínimo de prestaciones y aplazar reformas cuyas implicaciones políticas resultaban inciertas”. La creciente presencia militar en la economía, sobre todo con la empresa GAESA (Grupo de Administración Empresarial S.A.), que controla sectores estratégicos, no ha alterado esta dinámica. Tampoco las reformas implementadas por Raúl Castro que, con idas y vueltas, buscaban algún tipo de flexibilización económica. Sin duda, Cuba fue cambiando en estos años, pero el régimen fue incapaz de absorber positivamente esos cambios. Gran parte de las izquierdas tampoco pudo o quiso, durante estos años, analizar lo que estaba pasando en Cuba. Esta ya no sería un espacio vivo, sino solo una anquilosada trinchera de resistencia eterna. Como si la Cuba socialista estuviera condenada a ser un parque temático de las utopías pasadas sin interés por los sufrimientos, deseos y opiniones de sus habitantes.  

Esto es particularmente crítico porque la isla se enfrenta con un nuevo escenario: la reactualización de la Doctrina Monroe -que considera a América Latina el patio trasero de Estados Unidos-, junto con una forma de imperialismo desnudo y arbitrario encarnado por Trump y el secretario de estado Marco Rubio, que no solo quiere ser presidente de Estados Unidos, sino quedar en la historia como “libertador” de Cuba. 

Entre tanto, el país se encuentra aprisionado entre una élite comunista en decadencia y nuevas formas imperiales que combinan las ambiciones postergadas de los neoconservadores de la Guerra Fría y los cubanos de Miami con los vaivenes político-emocionales del ocupante de la Casa Blanca, que puede usar al ejército más poderoso del mundo para satisfacer sus delirios narcisistas.

*La versión original de este artículo, en italiano, fue publicada en el boletín Público, de la Fundación Feltrinelli. Disponible aquí https://fondazionefeltrinelli.it/pubblico/la-fine-della-cubarivoluzionaria/).

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Centro de Estudios sobre el Estado de Derecho y Políticas Públicas

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