EE.UU. acusa a Raúl Castro del asesinato de cuatro cubanos exiliados en 1996. ¿Qué pasó realmente cuando la aviación cubana derribó dos avionetas civiles?
El 20 de mayo de 1902, Cuba se convirtió en «república». Cuatro años antes, Estados Unidos había ganado la guerra contra la vieja potencia colonial, España. Cuando se firmó el Tratado de París, no había ningún cubano presente. EE.UU. ocupó militarmente la isla hasta esa fecha y, tras exigir la incorporación de la Enmienda Platt en la primera constitución cubana —arrogándose el derecho irrestricto de deponer cualquier gobierno— y establecer la base militar en Guantánamo, Cuba recibió una independencia con la soga al cuello.
Entre el exilio de Miami, ese día se celebra como el Día de la Independencia de Cuba. En La Habana, en cambio, se considera el punto de partida de una nueva lucha que, según el relato oficial, solo se ganó de verdad con la Revolución de 1959.
Que la justicia estadounidense escoja precisamente esa fecha para emitir una orden de arresto contra Raúl Castro tiene, por tanto, un peso simbólico considerable. A Raúl se le acusa del asesinato de cuatro miembros de la organización Hermanos al Rescate, cuyos aviones fueron derribados frente a las costas de Cuba en 1996. Esta es la historia de lo que ocurrió.
Miami, febrero de 1996. José Basulto es un veterano de la derrota de Playa Girón (la Bahía de Cochinos). En Miami, Basulto dirige Hermanos al Rescate, una organización que durante años rescató en el Estrecho de la Florida a los balseros que se jugaban el pellejo. Para entonces, quedaba poco por hacer: los acuerdos migratorios de 1994–1995 entre Castro y Clinton —que garantizaban 20 000 visas anuales a cambio de que Cuba frenara la emigración masiva, instalando la célebre política de «pies secos / pies mojados»— habían logrado detener aquel peligroso flujo. Y, para colmo, se planeaba un encuentro histórico, algo que Basulto y sus copartidarios en el exilio, con un enconado odio a Castro, estaban dispuestos a sabotear a como diera lugar.
Basulto estrena una nueva misión: volar sus pequeñas avionetas Cessna sobre Cuba para lanzar panfletos de propaganda anticastrista. Al cabo de un tiempo, los cubanos advierten a Washington que no tolerarán más provocaciones. «Esos vuelos sobre La Habana son una humillación», le dice Fidel a un amigo. «Dile a los americanos que si Basulto viene una vez más, tendrá que buscar su licencia de piloto en el fondo del mar».
Juan Pablo Roque se ha infiltrado en la organización de Basulto por encargo del FBI. Roque reporta un plan para el sábado 24 de febrero: volar sobre el centro de La Habana y dispersar panfletos en apoyo a una manifestación ilegal. Sus jefes del FBI le piden que se mantenga al margen de la expedición e intente convencer a Basulto de cancelarla por sus potenciales consecuencias catastróficas. Todos los intentos de persuasión fracasan.
Pero Roque no era un informante cualquiera, ni respondía únicamente al FBI. Era un desertor, expiloto de combate cubano con larga experiencia en los MiG soviéticos, que jugaba en dos bandos a la vez. Tiempo atrás, se había despedido de su esposa cubana con un beso, había avanzado hasta la bahía de Guantánamo y cruzado a nado un traicionero campo de minas hasta llegar a la base militar estadounidense. En Miami no tardó en unirse a los «Hermanos» de Basulto, mostrándose más que entusiasta. Lo que ni Basulto ni el FBI sospechaban era que Roque formaba parte de la Red Avispa, la extensa red de espionaje que la inteligencia de La Habana había tejido pacientemente en el corazón del exilio miamense. El FBI creía tener a su Judas; en realidad, tenía a un agente doble de manual, entrenado para servir a dos amos y que, en el momento decisivo, no dudó a cuál de los dos debía su lealtad verdadera.
Sábado 24 de febrero de 1996. Dos aviones cargados de panfletos contra la Revolución Cubana son derribados por cazas MiG cubanos. El propio Basulto estaba en el aire, pero se mantuvo lejos de la zona de peligro. «Él sabía lo que podía pasar. Pero necesitaba mártires. Por eso se quedó fuera del espacio aéreo cubano mientras mandaba a la muerte a dos aviones con cuatro idealistas jóvenes e ingenuos», describió Roque más tarde, tras ejecutar una nueva deserción —o, más exactamente, un regreso a casa—.
El día antes del derribo, Roque se despidió de su nueva esposa en Miami con el pretexto de ir a la tintorería. En su lugar, tomó un vuelo a Bahamas y de allí a La Habana, donde llegó justo a tiempo para dar al ejército del aire cubano el aviso definitivo sobre el inminente vuelo.
En entrevistas posteriores, Fidel Castro aseguró que no fue consultado sobre el derribo en sí. Ese sábado se había tomado el día libre y pidió que no lo molestaran; estaba leyendo Mi verdad, las memorias de Vorotnikov, exembajador soviético en Cuba. Para Fidel, el libro era una lección sobre cómo se pierde el control político en cuanto se abre la puerta a la disidencia. Su versión inmediata del derribo fue la siguiente: «Habíamos acordado que [los sobrevuelos] no volverían a ocurrir… La base de defensa aérea de San Antonio estaba en alerta. La tercera vez que los aviones entraron [en nuestro territorio], la defensa aérea hizo las advertencias de rigor y cumplió con su deber. Derribaron los aviones. Son profesionales. Hicieron lo que consideraban correcto. Toda esa gente es gente en la que confiamos, pero yo asumo la responsabilidad de lo ocurrido».
El canciller cubano Roberto Robaina acababa de realizar una visita a Noruega. Un par de días antes del incidente, me senté con él y con el canciller noruego Bjørn Tore Godal hasta bien entrada la noche en una conversación informal en la residencia oficial del gobierno en Parkveien, Oslo. Tras el derribo, le ordenaron interrumpir su exitosa gira de buena voluntad por los países nórdicos y viajar directamente a Nueva York, donde tendría que defender ante la ONU el derribo de dos avionetas civiles con cuatro pilotos exiliados a bordo.
La entonces embajadora de EE.UU. ante la ONU, Madeleine Albright, citó ante el Consejo de Seguridad la transcripción del intercambio radiofónico entre los pilotos de los MiG y su base en San Antonio: «Les cortamos los cojones». El comentario de la señora Albright fue demoledor: «Esto no son cojones; esto es cobardía». Pero Robaina le respondió de frente: «Nosotros siempre hemos tenido mucho de lo primero, y jamás hemos padecido lo segundo». Difícilmente se puede llegar más al meollo del conflicto cubano-americano, ni siquiera entre diplomáticos.
El objetivo de Basulto era destruir cualquier puente de acercamiento entre La Habana y Washington. Y lo logró. Si bien no provocó una guerra, obligó al presidente Bill Clinton a entender que, en año electoral, no tenía más remedio que firmar la Ley Helms-Burton, impulsada por el ultrareaccionario presidente del Comité de Relaciones Exteriores del Senado, Jesse Helms. La ley abrió la puerta a que empresas extranjeras con negocios relacionados con propiedades expropiadas a estadounidenses en Cuba pudieran ser demandadas en tribunales norteamericanos. Entre los aliados de EE.UU., la legislación fue recibida como una provocación trasgresora del derecho internacional.
Clinton dejó en manos del Congreso el futuro de las relaciones bilaterales. A partir de ese momento, para levantar el embargo a Cuba —algo que Clinton en el fondo había sopesado— se necesitarían 60 de los 100 votos del Senado. Era un hecho insólito: un presidente estadounidense cediendo su autoridad en política exterior. De inmediato, los asesores liberales de Clinton en asuntos cubanos se esfumaron discretamente por la puerta trasera.
Clinton no se atrevió a seguir jugando al póker con Castro; tiró las cartas por miedo a comprometer su futuro político. En Cuba, la narrativa popular se burlaba de que a Clinton «le faltaban cojones», mientras Castro demostraba una vez más su dureza. Y es probable que el líder cubano tampoco derramara muchas lágrimas al ver evaporarse la posibilidad de un deshielo con Washington.
Los que no se reían en Cuba eran quienes habían apostado por una apertura real, tanto hacia el exterior como hacia el interior del país: académicos, artistas y miembros de una incipiente sociedad civil que vieron reducirse aún más su estrecho margen de maniobra; disidentes cautelosos que volvieron a ser hostigados o encarcelados; y los esperanzados cuentapropistas, que creyeron que el capitalismo de acera florecería y vieron sus sueños aplastados por nuevas regulaciones hostiles al mercado. Y, sobre todo, los jóvenes reformistas cercanos a Fidel que habían liderado la liberalización y que ahora veían avanzar la línea dura de Raúl Castro, cuyos generales empezaron a ocupar posiciones clave en un aparato estatal cada vez más militarizado.
Treinta años después, en este 2026, el fin de la era revolucionaria en Cuba está a la vista. Un segundo intento de normalizar las relaciones con EE.UU. —esta vez bajo la administración de Barack Obama y, curiosamente, con un Raúl Castro en clave reformista— también había naufragado una década atrás. Quizás el último aporte del patriarca Fidel Castro antes de morir en su cama en noviembre de 2016 fue sabotear el intento de su hermano menor de emprender una reforma económica a fondo al estilo chino o vietnamita. Fidel no concebía una Cuba sin el enemigo imperialista; temía, con razón, que la economía de mercado socavara el monopolio del Partido Comunista. Cuba, a tiro de piedra de Miami, tenía muchas menos condiciones que la gigante China para combinar capitalismo y comunismo. Quienes empujaron por las reformas hace diez años solo pueden preguntarse hoy, con amargura, dónde estaría el país si hubieran podido continuar.
Luego llegó Trump, encargado de borrar del mapa cualquier rastro de distensión en el Estrecho de la Florida. Se recrudecieron tanto el bloqueo externo como el «bloqueo interno» que asfixia a los cubanos de a pie: el impuesto por Washington en 1960 y la represión del propio régimen contra emprendedores, artistas e intelectuales. La juventud emigró en desbandada. Toda esperanza de futuro en la isla se esfumó como el rocío de la mañana. El intento de protesta masiva del 11 de julio de 2021 fue aplastado con dureza, y más de mil jóvenes terminaron tras las rejas.
Hoy, Trump estrangula por completo la economía cubana, preparándose para el ajuste de cuentas definitivo que doce presidentes anteriores no lograron consumar, y casi nadie protesta a nivel internacional.
Es en este escenario que llega la orden de arresto contra Raúl Castro este 20 de mayo, acompañada de la advertencia de que podría correr la misma suerte que su aliado Nicolás Maduro. Mientras tanto, el director de la CIA visita a sus homólogos caribeños y los jefes de espionaje del doble agente Roque se miran de frente. ¿Es esto el preludio de una «salida a la venezolana», donde un grupo selecto de la vieja guardia transaccione su permanencia a merced de Washington? ¿O es la señal de que EE.UU. ha penetrado las estructuras más íntimas del régimen para derribar los últimos vestigios del faro antiimperialista del hemisferio occidental? ¿Cabe esperar que el estatus de Cuba retroceda no ya a 1959, sino a 1902, con la latente perspectiva de convertirse en el estado número 51 de la Unión?
La profunda miseria actual de Cuba debe tener a Fidel revolcándose en su tumba. Lo mejor que puede esperar su hermano Raúl, a sus casi 95 años, es encontrar el descanso eterno junto a él en Santiago de Cuba, en lugar de en una celda estadounidense. Raúl bien podría recordar las palabras del héroe nacional José Martí, quien no vivió para ver el fin del dominio español, pero advirtió el nacimiento del nuevo imperio: «Viví en el monstruo y le conozco las entrañas; y mi honda es la de David». Para quienes en EE.UU. conservan la memoria histórica, esa honda evoca un eco incómodo: Bahía de Cochinos. Y, tal vez, el viejo grito del Che Guevara de crear «dos, tres, muchos Vietnam».
La arrogancia del poder de Trump era menos visible en Pekín hace un par de semanas que en Miami por estos días. Quizás el imperio acabe recordando que la historia no siempre avanza en línea recta y que ningún árbol crece hasta el cielo.
(Este texto es una versión revisada y actualizada de un capítulo del libro noruego “Dette er Cuba – alt annet er løgn” [Spartacus, Oslo, 1996], de Vegard Bye y Dag Hoel. La traducción al español se publicó como “Esto es Cuba – lo demás es cuento” [Ediciones La Otra Cuba, México D.F., 1998]).
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