La Patria es dicha de todos, y dolor de todos, y cielo para todos. José Martí

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Israel y las reconfiguraciones en Oriente Medio

21 Oct 2023
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Imagen © Nueva Sociedad

Entrevista de Mariano Schuster a Ezequiel Kopel

Oriente Medio es, todavía hoy, una de las regiones más convulsionadas del mundo. La situación entre Israel y Palestina ha vuelto súbitamente a las primeras planas, tras deteriorarse con el ascenso de derechas cada vez más radicales al frente de Israel y la propia radicalización del lado palestino. En Irán, se ha incrementado la represión, tal como se demostró con el asesinato de Mahsa Amini, que puso nuevamente de relieve las políticas derivadas del proceso iniciado con la Revolución Iraní de 1979. Ahora, en Oriente Medio, ya no actúan solo las viejas potencias coloniales y Estados Unidos, que durante décadas fue el actor imperial clave en la región. Rusia y China se han sumado al concierto de países que tienen intereses en la región y que actúan, por ejemplo, en países como Siria. 

Para comprender el pasado y el presente de esta región, hemos entrevistado al periodista e investigador Ezequiel Kopel, quien analiza la situación de Oriente Medio desde hace muchos años. Kopel, que vivió más de una década en Israel, Cisjordania y Egipto, es autor de los libros Medio Oriente: lugar común (Capital Intelectual, 2021) y La disputa por el control de Medio Oriente (Capital Intelectual, 2022). En esta entrevista, explica la historia de la región, indaga sobre el conflicto israelí-palestino, analiza las derivas del panarabismo, revisita el proceso de la Primavera Árabe y reflexiona sobre los nuevos actores extranjeros en Oriente Medio.

Un aspecto destacado de su trabajo es el que aborda el conflicto entre Israel y Palestina. Lejos de analizar la cuestión solamente desde el presente, se sumerge  en las raíces ideológicas con las que se pretendió forjar el Estado de Israel. En ese marco, la presencia de Theodor Herzl, el padre ideológico del sionismo moderno, es indudable. Usted coloca, sin embargo, a Ben-Gurion, el fundador concreto del Estado, como una figura más práctica que la del teórico Herzl. ¿Cuáles eran las diferencias entre ambos y por qué la teoría herzliana, forjada en Viena, era de difícil aplicación a la hora de desarrollar el Estado?

En primer lugar, es importante considerar quién era Herzl. Herzl vivía en Viena y era, en efecto, un judío asimilado en Europa. Estaba muy lejos de profesar una religiosidad ortodoxa, a punto tal que ni siquiera circuncidó a sus hijos. En términos generales, considero que Herzl tuvo una mirada algo inocente sobre la región, o sobre la posibilidad de una autodeterminación judía en la tierra de sus antepasados. No debemos olvidar que, en el momento en que Herzl desarrolla su teoría de un Estado judío, los judíos constituían menos de 10% de la población en esa tierra. A Herzl se le presentó entonces un dilema ético y práctico. Práctico, porque no es muy sencillo sostener un plan de construcción estatal y de autodeterminación en un espacio geográfico donde los judíos constituían un porcentaje tan bajo de la población –nadie compraría una casa habitada en un 90% por enemigos–. Y ético porque, de desarrollar ese plan, sería necesario ocupar el territorio. Si bien el sionismo no expulsó violentamente a los árabes hasta 1948, sí compró grandes extensiones de tierra. Y, al menos desde la década de 1920, los árabes que vivían en el territorio del Protectorado de Palestina percibieron muy rápidamente que algo estaba sucediendo allí, en tanto se habían establecido pedidos de migración judía. Herzl, sin embargo, no vio esta problemática ni percibió el estado de alerta de la población árabe de la región. Tanto es así que en sus escritos no se refería a los árabes, como si estuviera omitiendo al elefante en el ropero. Lo cierto es que Herzl parecía realmente un soñador que creía que la autodeterminación judía en esa tierra iba a ser posible sin conflictos. Pero claro, el elefante en la habitación estaba ahí. Y era, por supuesto, el hecho de que la porción mayoritaria de la población de esa zona era árabe islámica. Pero si Herzl, como teórico principal del sionismo, se negó a abordar ese problema, David Ben-Gurion, como ejecutor práctico del sionismo, se vio obligado a hacerlo. A diferencia de Herzl, Ben-Gurion era una persona práctica, con un programa y un objetivo claros. Y ese objetivo era, como lo dice correctamente el título de la biografía escrita por Tom Segev, A State at Any Cost. The Life of David Ben-Gurion, el de construir y edificar un «Estado a cualquier precio». Mucho antes de la creación del Estado, Ben-Gurion afirmaba que el problema para construir el Estado de Israel no era religioso, sino político. Y tomó decisiones en esa dirección. Ben-Gurion, en tal sentido, se constituyó como el ejecutor práctico de la construcción estatal «a cualquier precio». 

En función de sus planteos, uno podría inferir que en el plan original de Herzl había un enfoque de tipo ético: el de dar refugio a los judíos en un Estado nacional propio, ante las constantes persecuciones que existían en Europa y que acabarían con la Shoah. En tal sentido, el desarrollo del sionismo podía tener un sentido diferente al que vemos hoy… 

Efectivamente, yo considero que resulta imposible pensar el sionismo en su primera etapa sin considerar la persecución a los judíos en Europa. Y creo que quien no lo considere no podrá comprender la dinámica real que se produjo a partir de la emergencia del movimiento sionista. No podrá comprender ni sus motivaciones ni sus acciones. Debemos tener en cuenta que, para desarrollar su proyecto, Herzl se reunió con líderes muy diversos. Tan diversos que incluyeron desde el káiser alemán hasta el sultán otomano. Herzl escuchó todas las ofertas, incluyendo algunas que hoy parecen extrañas, como la posibilidad de construir el Estado judío en Uganda. Ciertamente, todas esas ofertas fracasaron y el Estado se construyó, bajo parámetros sionistas, en las tierras de la antigua Palestina. Ahora bien, si no se puede pensar el sionismo original sin tener en cuenta la persecución de los judíos en Europa, tampoco puede pensarse el sionismo actual sin considerar el desarrollo de las colonias, de la ocupación militar, de la colonización de un territorio ajeno por parte de una población que constituía, al momento de la expansión, 10% de la que habitaba en esa tierra. En definitiva, considero que hay que complejizar la ecuación y recordar, por ejemplo, que no solo el Estado de Israel fue respaldado por una resolución de la Organización de las Naciones Unidas, sino que recibió un importante apoyo por parte de hombres y mujeres de izquierda que consideraban que, tras la Shoah, el pueblo judío, perseguido históricamente, estaba volviendo a su patria histórica. Esa posición contrasta fuertemente con la de quienes creen, desde una perspectiva religiosa, que el Estado de Israel se apoya en una justificación bíblica fundamentada en el hecho de que hace 2000 años hubo en esa tierra un Estado judío. Para mucha gente de izquierda, la creación del Estado de Israel estaba justificada, no sobre esa base, sino por la necesidad de dar refugio a un pueblo perseguido y de integrarlo en el concierto de las naciones. De hecho, en términos estrictamente políticos, la creación del Estado de Israel contó con el beneplácito de la Unión Soviética, que votó a favor de crear un Estado judío junto a un Estado árabe. Pero podemos preguntarnos, ¿cuándo entró en crisis el sionismo? Cuando no logró cumplir su objetivo, que no era el de una suplantación, sino el de una convivencia de dos Estados. Darle la espalda al otro pueblo constituyó, en ese sentido, una cierta desviación del planteo original. Tiendo a considerar que el objetivo inicial era correcto. Es cierto que hubo injusticias, que hubo expulsiones como las de 1948, pero aun así podía desarrollarse el objetivo de convivencia de dos Estados. La ocupación cada vez más asentada fue alejando al sionismo de sus proyectos originales y minó sus bases de apoyo. Si al principio existía un fuerte componente de izquierda y progresista entre quienes se consideraban a sí mismos como sionistas, progresivamente se fue allanando el camino para que el sionismo asumiera un rostro cada vez más de derecha.

Al momento de la creación del Estado se definieron fronteras precisas. ¿Cuáles fueron los motivos por los que se produjo un expansionismo israelí en la zona?

El expansionismo es producto o parte de una disputa dentro de la comunidad. Y cuando me refiero a la comunidad, no me refiero a la comunidad judía, sino a la israelí, en tanto comunidad nacional-estatal. Muchos israelíes no estaban dispuestos a aceptar las fronteras que habían sido demarcadas. Al día de hoy, una gran porción de los israelíes no está dispuestos a abandonar Cisjordania, ya que consideran que la frontera del Estado de Israel es el límite con Jordania.

¿Y esas razones son religiosas?

No solamente, aunque inciden. Diría, en principio, que lo que se verifica es una alianza entre diversos nacionalistas –que no siempre son extremadamente religiosos– que ponen el eje en la cuestión de la seguridad. A ellos se suman, efectivamente, los religiosos, que pretenden reconstruir el Israel bíblico, la antigua tierra de Israel. ¿Y dónde está esa tierra? No en Haifa, no en Tel Aviv, sino en los territorios palestinos: en Nablus, en Hebrón, en Belén. Estos factores han provocado una escalada permanente de Israel hacia Palestina. El problema es que esto está lejos de garantizar la seguridad. Israel es un Estado que tiene fortaleza política y militar para afrontar enemigos estatales –y esto se verifica en sus diversos triunfos militares durante el siglo XX–, pero no para mantener una guerra permanente contra guerrillas y fuerzas irregulares.

Usted afirma que Israel ha constituido un sistema político doble: democracia para unos, apartheid para otros. ¿Esto ha sido así siempre? ¿Cuáles son los casos que ejemplifican esta situación?

Efectivamente, mi consideración es que Israel constituye una democracia para sus ciudadanos y una dictadura para aquellos a los que no considera como tales. Y, en ese marco, algunos ciudadanos, como los árabes, son considerados «de segunda categoría» y, por lo tanto, tienen derechos más limitados. Por ejemplo, si un árabe israelí pretende mudarse a una colonia judía en Cisjordania, puede tener serias complicaciones. En el caso de la población palestina de los territorios ocupados, la situación es mucho peor, ya que se encuentra, en muchos casos, bajo la tutela de tribunales militares. El ejemplo más claro de esta situación podemos verlo en Hebrón, una ciudad ocupada. Si en el medio de Hebrón un joven palestino le tira una piedra a un colono judío, es juzgado por un tribunal militar. Pero si un niño israelí le tira una piedra a un palestino, es juzgado por un tribunal civil israelí. A esto se suma el hecho de que existen caminos y rutas por las que los palestinos no pueden transitar. En definitiva, tienen derecho limitado de movimiento. Tengamos en cuenta que, en este mismo momento, Israel mantiene 120 permisos de movimiento diferentes para los palestinos. Esto sucede en un Estado con 75 años de antigüedad y en el que esta situación se reproduce desde hace más de 50. 8% de la población israelí fue movilizada para administrar territorios ocupados y hoy hay 700.000 israelíes que viven en territorio ocupado palestino. Esto, por supuesto, viola claramente la Convención de Ginebra. 

Entiendo que este proceso no solo afecta al pueblo palestino, que lógicamente es el principal perjudicado por la ocupación, sino la propia fisonomía de la democracia israelí…

Por supuesto. Este proceso afecta fuertemente la democracia en Israel, en tanto hoy es, en toda regla, una democracia de ocupación. Claramente, no se puede sostener durante medio siglo una ocupación militar y considerar que eso, finalmente, no afectará el carácter democrático del propio Estado. Ahora se habla mucho de «iliberalismo», como si se tratase de algo nuevo. Pero Israel aplica un régimen iliberal para parte de la ciudadanía desde hace mucho tiempo. No es casual, en este sentido, que las fuerzas que más apoyan al primer ministro Benjamin Netanyahu sean, justamente, las del movimiento colono religioso. Esto ha llegado a tal grado de desarrollo que hoy, en Israel, el poder político se ha puesto por encima del Poder Judicial. Tal como se venían desarrollando las cosas, parecía lógico que sucediera esto. No se pueden mantener dos sistemas diferenciados –uno democrático para ciudadanos y uno no democrático para no ciudadanos– creyendo que eso no afectará el estado de la democracia en el país. En definitiva, lo que está sucediendo es que el régimen de la democracia de ocupación (que podemos ejemplificar con la situación de Cisjordania) se está extendiendo a todo Israel. Hoy la disyuntiva es clara: o hay democracia o hay ocupación. Pero esto es algo de lo que muy pocos quieren hablar.

¿Sería posible el fin de la ocupación hoy? 

Considero que, al día de hoy, la solución de los dos Estados resulta muy difícil, aunque al mismo tiempo percibo que es la única forma de acabar con este conflicto. Cuando Yitzhak Rabin y Shimon Peres comenzaron a dialogar con los palestinos, se discutía un acuerdo final de cara a cinco años. Eso fue lo que debatieron con Yasser Arafat, el líder de la Organización para la Liberación Palestina [OLP], en Oslo, en 1993. Pero ¿qué pasó cinco años después? No solo no hubo ningún acuerdo definitivo, sino que se verificó una expansión de los colonos israelíes en territorios palestinos. La progresión ha sido extrema. Si hacia 1999 uno podía constatar la presencia de 130.000 colonos en el territorio palestino, hoy podemos verificar la presencia de 700.000. Esto hace muy difícil una solución, en tanto resulta muy compleja la evacuación de esa cantidad de personas. Conviene recordar que cuando Israel evacuó a 6.000 colonos de Gaza, eso produjo un problema de enormes dimensiones. Al mismo tiempo, considero que la división es tan profunda que lo ideal sería una solución de dos Estados. Algunos plantean lo contrario: que la única solución es la de un Estado para todos. Mi respuesta a ello es: ¿y cuáles son las garantías de derechos? ¿Un Estado para todos con primacía israelí no extendería aún más el conflicto?  La mayor parte de los israelíes no quieren ser palestinos, no quieren un Estado para todos. Y la mayor parte de los palestinos no quieren ser israelíes. A uno le gustaría que todo sea una unidad y que ninguno domine al otro, pero ¿cuáles son las posibilidades reales de una solución de ese tipo? En definitiva, la solución de un Estado para todos me parece una buena solución en el papel, pero la considero el producto de observadores extranjeros, más que de las personas que habitan el territorio. Por eso, aun cuando la solución de dos Estados parezca hoy imposible, sigo creyendo que es la única que permitiría otro tipo de convivencia.

Durante décadas, las negociaciones tuvieron, del lado palestino, un actor fundamental. Me refiero a la OLP, dirigida en su día por Yasser Arafat. Sin embargo, en las últimas décadas se ha producido un relativo repliegue de esa organización y un aumento de la fuerza y del poderío de organizaciones más radicales como Hamas. ¿Por qué se ha producido esta situación?

La OLP entró en una crisis profunda por una razón sencilla de entender: porque su proyecto fracasó, ya que su plan de negociación con Israel no llegó a buen puerto. En tal sentido, la promesa que le había hecho a su propio pueblo nunca vio la luz. Esa promesa consistía, fundamentalmente, en dialogar con Israel para obtener una autonomía limitada –que se consiguió– para, luego, desarrollar un acuerdo definitivo que diera lugar al Estado Palestino. En la medida en que ese acuerdo definitivo nunca existió, el pueblo palestino sintió que el camino de la OLP era un error y que, con Israel, no se podía negociar. No debemos olvidar que, durante los propios Acuerdos de Oslo, Palestina reconoció al Estado de Israel, pero Israel no hizo lo propio con Palestina. 

Ahora bien, yo me permito poner en duda la idea de que la crisis de la OLP signifique su final, porque se trata de una organización que fue dada por muerta una gran cantidad de veces y que siempre consiguió recuperar fuerzas. Habrá que ver si logra hacerlo ahora. Pero también, para comprender la crisis de la OLP debemos mirar las mutaciones en el propio Israel. Se trata de un Estado que ha cambiado radicalmente y que, en ese cambio, ha beneficiado y potenciado a las facciones más extremistas del pueblo palestino, como la representada por Hamas. La deriva cada vez más iliberal de Israel también ha fomentado un extremismo de la otra parte. Hablamos de un país, Israel, en el cual los propios diputados de derecha solían levantarse cuando hablaban los representantes de la extrema derecha religiosa. Hoy pasa todo lo contrario: esa extrema derecha está aliada a la derecha tradicional, la izquierda está en crisis y la posibilidad de diálogo parece cada vez más ilusoria.

En definitiva, los palestinos ven también una radicalidad en la propia derecha israelí y reaccionan con la propia…

Por supuesto. Pensemos simplemente en esto. El Likud, que está muy lejos de ser el partido más radical de la derecha israelí, tiene en su carta política la colonización de Cisjordania. Es muy difícil decirle a un palestino que esa declaración no es radical cuando, además, va acompañada de asentamientos y de ocupaciones. Los asentamientos, para los palestinos, constituyen en sí mismos un hecho radical. En este sentido, el crecimiento de las derechas –mesiánicas, extremistas, religiosas y conservadoras– y de las alternativas radicales se vinculan con el fracaso de crear fronteras nacionales para los dos pueblos.

Querría introducir otro tema de su libro y que, creo, ha cobrado una fuerte actualidad. Me refiero a la situación en Irán, que desde el año pasado ha atraído mucha atención por el asesinato de Mahsa Amini, a quien le dieron muerte por no tener bien colocado el velo. En su libro, usted trabaja sobre la Revolución Iraní y plantea que, en sus orígenes, ese proceso fue apoyado por la izquierda secular y por movimientos estudiantiles no fundamentalistas frente al régimen del sha. ¿Por qué concitó esa base de apoyos? ¿Hubo un cambio en el proceso desarrollado por el ayatolá Ruhollah Jomeini, o hubo ingenuidad de parte de esos sectores?

Jomeini, como es obvio, no es un personaje al que le tenga particular simpatía. Pero bajo ningún punto de vista podría subestimarlo como líder político. Y en tal sentido, debo decir que su proyecto ha sido extremadamente exitoso. Se trata de una persona que ideó un plan, lo escribió y lo publicó, y luego lo llevó a cabo. Ese proyecto era el de un gobierno islámico y el de una revolución dentro del propio islam chiíta. Y supo cuándo aplicarlo aprovechando un año clave como el de 1979. Jomeini leyó bien la coyuntura, entendió la crisis del régimen del sha Mohammad Reza Pahleví y vio que aquel era su momento de actuar. Por supuesto, para ponerlo en marcha contó con ayudas extranjeras, pero se asentó, sobre todo, en dinámicas regionales. El hecho de que Saddam Hussein lo haya atacado directamente a menos de un año de iniciada la revolución –cuando ya había comenzado a encarcelar y a asesinar a sus oponentes políticos, así como a dictaminar las principales normas de lo que luego sería el Estado teocrático– le permitió agrupar a todos los iraníes bajo su mando. Es muy cierto que hoy resulta extraño que fuerzas seculares o no extremistas dieran un cierto apoyo a Jomeini en un principio. Eso estaba mediado por la animadversión existente hacia el sha, pero también por una cierta subestimación del propio Jomeini por esos sectores. No fueron pocos los que lo abrazaron como una suerte de abuelo que los cobijaba a todos. Y muchos no tenían idea alguna de lo que era capaz de hacer. 

En su libro, usted afirma que, desde la revolución iraní, el islam dejó de ser una expresión teórica y meramente religiosa para convertirse en una fuerza reguladora de la política de Oriente Medio. ¿Qué significa exactamente el «islam político»? Y ¿por qué la revolución iraní es importante para comprender ese proceso? 

El del islam político es, ciertamente, un tema muy complejo. Como se sabe, tenemos islamismos políticos de distinto tipo: violentos, pacíficos, moderados. Y son muy variables según las regiones. Por ejemplo, la Hermandad Musulmana en Siria es particularmente violenta, mientras que la Hermandad Musulmana en Túnez no lo es. En el mismo sentido, ha habido mutaciones: la Hermandad Musulmana en Egipto ha pasado de querer matar a Gamal Abdel Nasser a triunfar en las únicas elecciones democráticas en la historia del país. Pero, en definitiva, aquello que denominamos como «islam político» se vincula al deseo de muchos ciudadanos de que el islam, como religión y como cultura, tenga un «decir» en la vida política de sus respectivos países, aun cuando ese «decir» no sea siempre el mismo para todos. Pero hay mucha otra gente que quiere cerrarle el paso al islam político. Eso les permite a los islamistas conformar un cierto ethos de perseguidos, excluidos de la posibilidad de gobernar. Y esto sucede ya no solo con el islam político radical, sino también con el moderado. Hay países en los que fuerzas seculares, y en algunos casos progresistas, se han aliado con fuerzas iliberales y de derecha para impedir que el islam político moderado pueda ejercer funciones gubernamentales o, simplemente, participar políticamente. Esto, lógicamente, produce una verdadera crisis de representación y puede llevar, en algunos casos, a que esas fuerzas moderadas dejen de serlo. En este sentido, quisiera mencionar que el islam político tiene un fuerte envión tras el fracaso del panarabismo. Es tras el fracaso de ese proyecto cuando emerge fuertemente el islam político.

El panarabismo resultó una fuerza poderosa durante muchos años en Oriente Medio. Y se insertó, al menos en el plano global, en lo que se conoció como el Movimiento de los Países No Alineados, una organización que nucleaba a diferentes países que no respondían ni a Estados Unidos ni a la Unión Soviética, pero que en su mayoría manifestaban posturas nacionalistas y de izquierda, al menos en el plano discursivo, mientras que en el político construyeron regímenes autoritarios. ¿Por qué fracasó ese proyecto que claramente se referenciaba en líderes como el egipcio Gamal Abdel Nasser?

Creo que este aspecto es muy importante y me alegra que me pregunte por él. El problema del panarabismo es que fracasó en dos terrenos: en el interno y en el internacional. Si bien los líderes panarabistas consiguieron introducir mojones igualitarios en las  constituciones y, en algunos casos, incluso lograron desarrollar revoluciones productivas, luego gobernaron con mano de hierro, imponiendo a veces leyes típicas de sistemas coloniales como las del estado de emergencia. Esto, por ejemplo, fue visible en Egipto, que casi hasta la llegada de la Primavera Árabe vivió bajo una reglamentación de estado de emergencia. Lo mismo sucede en el caso de Siria, en cuyo caso el estado de emergencia se extendió por 30 años. Libia también puede ser puesto en esa categoría. Tenía como líder a Muamar Gadafi, que se autoproclamaba socialista y que gobernaba con puño de hierro y adoptando medidas claramente dictatoriales. He podido dialogar con distintas personas de esos países, personas que se ubican en el progresismo y en la izquierda, que me han planteado cosas muy interesantes en este sentido. La percepción es que existía un aplauso y una consideración positiva de las izquierdas occidentales respecto de estos líderes que no tenía en cuenta la situación de las poblaciones locales. Suelen decir: «Ustedes aplaudían a Nasser, pero no saben lo que sucedía aquí dentro». La pintora feminista y comunista egipcia Inji Aflatoun lo decía con toda claridad: «A ustedes les encanta, a mí me envió cinco años presa». En definitiva, líderes como Nasser tuvieron el beneplácito de parte de la izquierda occidental por haberse enfrentado a potencias coloniales durante la crisis de Suez (1956), pero esa izquierda occidental nunca se preocupó demasiado por lo que pasaba realmente dentro de esos países. Se trataba de líderes que crearon sistemas de partidos únicos, que sostuvieron la primacía del ejército, que gobernaron de modo autoritario y que, además, fracasaron en el plano económico. Todos los sistemas panarabistas acabaron siendo regímenes dominados por los ejércitos. En el plano regional, cuando Nasser perdió la guerra civil con Israel y Egipto asistió a la merma de casi un tercio de su territorio, se produjo una crisis del panarabismo. Ese es el momento en que los asuntos internos del islam, que habían quedado de lado en virtud de una unidad en la lucha contra el enemigo común que era Israel, volvieron a aflorar con nitidez. En este sentido, la Guerra de los Seis Días constituyó el principio del fin del panarabismo y habilitó la emergencia de una nueva vanguardia: el islam político.

El desarrollo del islam político y la derrota del panarabismo, y luego la caída de la Unión Soviética, parecen haber evidenciado un proceso de penetración cada vez mayor de Estados Unidos en la región. ¿A qué ha obedecido el intervencionismo estadounidense?

La intervención de Estados Unidos siempre ha sido estratégica y se ha vinculado, claramente, a la valoración de la existencia de amplios recursos energéticos en la región. Esto es visible al día de hoy, con un presidente como Joe Biden pidiéndole a Arabia Saudita una mayor producción de petróleo, pero también con una Arabia Saudita que hoy busca ampliar su cartera de clientes y de aliados. A pesar de ello, durante las últimas tres presidencias, se verifica un repliegue de Estados Unidos, una cierta retirada de la región. Tanto con Barack Obama como con Donald Trump y Biden esto resulta muy claro. Asistimos a un momento distinto al de la expansión imperialista que dominó la segunda mitad del siglo XX, y que tuvo su pico más alto con las dos Guerras del Golfo (pensemos que, durante la primera Guerra del Golfo, Estados Unidos creó el aeródromo en Qatar, movilizó a la afamada Quinta Flota y ubicó tropas terrestres en Kuwait como centro neurálgico). Al mismo tiempo, y este es uno de mis propósitos en el libro, considero que hay que ver las intervenciones en su contexto, quitando del medio los apoyos o los rechazos. El momento de mayor intervención de Estados Unidos, durante la mencionada Guerra del Golfo, no fue en absoluto unilateral: tenía el apoyo de numerosos países de la región que temían más a Sadam Husein que a los propios estadounidenses. Esto es claro en el caso de las monarquías del Golfo e Israel. No debemos olvidar que, tras el fin del mundo bipolar, no fueron pocos quienes, en Oriente Medio, fueron a correr detrás del nuevo patrón. 

¿Este tipo de relación se verifica en otros procesos contemporáneos? ¿Estados Unidos sigue siendo visto como una potencia trascendental, aun tras la emergencia de China y Rusia?

Sí, sigue siendo percibido de ese modo y existen ejemplos más o menos contemporáneos que lo demuestran. Estuve en Egipto durante el proceso de la Primavera Árabe y hubo algo que me resultó sorprendente en ese momento. Muchas personas que manifestaban una clara animadversión hacia Estados Unidos pedían, sin embargo, su intervención. Pasé mucho tiempo preguntándome por qué sucedía algo así, intentando encontrarle una lógica. La respuesta que muchos me dieron era sencilla: «¿Usted no vio la televisión? Es el único país que tiene capacidad de intervenir y que podría hacer algo». Decían eso, aun sabiendo que probablemente Estados Unidos tampoco tuviera excelentes planes para la zona. Pero lo consideraban preferible a lo que estaban viviendo.

Ese proceso, el de la Primavera Árabe, ha sido descripto como un fracaso. ¿Coincide con esa apreciación?

Es completamente cierto que tiende a afirmarse que la Primavera Árabe fue un desastre y que, de un modo u otro, constituyó el puntapié a la llegada de grupos ya no islamistas sino extremistas islámicos, como el Estado Islámico o Al-Nusra. Mi consideración, sin embargo, es distinta. Entiendo que el crecimiento de esos grupos se vincula más con la acción de los líderes autoritarios que con la ciudadanía que pretende construir Estados más democráticos. Ahora bien, es indiscutible que la Primavera Árabe no logró su objetivo principal, que consistía, fundamentalmente, en la democratización del mundo árabe. Esa «primavera» fue claramente sucedida por un «invierno» árabe, en el que fuerzas contrarrevolucionarias, reaccionarias y antidemocráticas se unificaron para acabar con el intento democratizador. Esa reacción, además, excedió las fronteras de cada país y se constituyó como un conglomerado regional, que recibió el apoyo de diversas monarquías. Aun así, yo considero que el proceso de la Primavera Árabe fue positivo y que no debe pensarse solo limitándolo a un par de años (de 2011 a 2013). La Primavera Árabe abrió puertas a otras manifestaciones, como la revuelta en Iraq en 2018, la revuelta en Líbano en 2019, las protestas que llevaron a la dimisión de Abdelaziz Bouteflika en Argelia en 2019 y el fin del gobierno del Partido del Congreso Nacional en Sudán durante el mismo año. Ahora vemos, desde el año pasado, una serie de protestas en Irán, un país que, si bien no es árabe, está en estrecha conexión con lo que sucede en la región. Esos procesos de lucha y de revuelta tienen mucho que ver con lo que abrió la Primavera Árabe. ¿Estamos seguros, como afirman algunos analistas, que todo el mundo islámico no quiere democracia?

Y, sin embargo, no son pocos los actores que siguen afirmando que ese proceso se produjo por lo que denominan una «intromisión extranjera»…

Es un tema muy interesante para conversar porque, efectivamente, hay siempre una mirada crítica de la influencia externa. En este sentido, creo que hay declaraciones que no le hacen justicia a la realidad. Muchos sistemas de la zona se crearon observando, desde el marco local, lo que sucedía en Occidente. Me refiero a parlamentos y constituciones, sin ir más lejos. En algunos casos, como la Turquía de Atatürk, el voto femenino llegó antes que en algunos países de Europa. Pero a esto agregaría otra cuestión, porque comparto plenamente que hay quienes se excusan en la idea de «intromisión externa» para generar una suerte de particularismo regional que niega derechos. Si uno afirma que todo es «influencia extranjera», debe decir, por ende, si quiere o no quiere que en la región haya libertades y derechos civiles plenos o si prefiere que sean gobernados por dictadores o tiranos. La permanente referencia a la «influencia extranjera» es utilizada por muchos ciudadanos de Occidente –que gozan de libertades y derechos civiles plenos– para apoyar regímenes iliberales en otras latitudes. La prueba de esto sucede con Rusia. Habría que preguntarles a esas mismas personas si consideran, o no, que la influencia rusa es también un intervencionismo o si no lo es. Rusia y China, más que Estados Unidos, son los nuevos preferidos de los gobiernos no democráticos de la región. La razón es evidente: no piden reformas políticas. Estados Unidos, con todas las críticas que ya le he hecho, pide, aunque mínimamente, algunos cambios y algunas reformas –que, por supuesto, también lo benefician–. Creo, además, que hay una fuerte dosis de ingenuidad. ¿Estados Unidos es imperialista? Por supuesto. ¿Y Rusia? Yo afirmo que también lo es, mientras que algunos lo ponen en duda o sostienen lo contrario. Al imperialismo hay que analizarlo en los detalles. La única base militar que Rusia tiene en el Mediterráneo está ubicada en Siria. Ahora también tiene una base aérea. ¿Eso es imperialismo o no? ¿A Rusia le importa esa base o no le importa? Por supuesto que le importa. ¿Rusia entró por nada en la región, o porque quiere tener algo que decir en cuestiones de energía, en materia económica, en términos de influencia? Mi consideración, sobre la base de los datos, es que intenta influir en una región clave para el mundo y para la economía global. 

Su libro, de hecho, comienza con una declaración del zar Nicolás en la que ya se marcan intereses de Rusia en la región. Luego analiza los procesos que tuvieron a Rusia como actor privilegiado –la intervención en Afganistán y, más recientemente, la guerra en Siria–. ¿Existe una línea de continuidad entre estos procesos o ha habido mutaciones nítidas, en tanto la propia Rusia y la Unión Soviética constituyeron procesos políticos muy diferentes entre sí?

Pensemos simplemente en la ubicación de Rusia y pensemos, al mismo tiempo, en la historia del Imperio Ruso. La respuesta es evidente: está debajo de Persia y los hechos históricos nos muestran que siempre ha querido, de un modo u otro, influir en la región. Algo distinto es que haya podido o no haya podido hacerlo. Si observamos un plano corto, verificamos que, tras la Segunda Guerra Mundial, la Unión Soviética intentó intervenir en Persia (hoy Irán). Un imperio es, por su propia naturaleza, expansionista. Luego, podemos definir a qué tipo de expansionismo apela: territorial, de control directo, de influencia. Existen, lógicamente, muchas variantes. Ahora bien, no me animaría a decir, por ejemplo, que las formas de intervención de Vladímir Putin en la región (y particularmente en Siria) se deriven de la historia del Imperio Ruso. Aunque claramente en sus expresiones hay una marcada añoranza por aquel viejo pasado imperial. Mi consideración es que el intervencionismo de Putin, en términos concretos, se vincula con lo que sucedió en la región en los diez años anteriores a su entrada en el juego. Y, en ese sentido, se enlaza con Estados Unidos. Se produjo, en buena medida, la sensación de que Rusia se había debilitado tras la caída de la Unión Soviética y que Estados Unidos había ganado demasiado terreno. La búsqueda de consideración global y de respetabilidad talló fuertemente en ese nuevo proceso de intervención. Hay un dato que creo que no es menor y se vincula al apoyo ruso a la destitución de Gadafi en Libia. Luego de que el dictador fuera depuesto, Rusia percibe que sus intereses no han mejorado, sino que han sido dañados. De un modo u otro, decide que el mundo y esa región en particular debe prestarle atención. Y comienza a penetrar con más fuerza. En este sentido, más allá de su historia imperial, creo que, en el caso de la Rusia de Putin, las consideraciones temporales son muy importantes. Rusia siempre es un gigante. A veces está dormido. Ahora no parece ser ese el caso.

No podemos dejar de lado, al hablar de su libro y de Oriente Medio, la actual ofensiva de Hamas contra Israel. ¿Qué explica esta acción que, por sus dimensiones y características, ha sorprendido a las fuerzas de seguridad israelíes? ¿Por qué ocurrió ahora?

La actual ofensiva de Hamas se puede explicar a través de cuatro puntos: el primero es que se percibe que Israel está en un momento de división, en un momento de debilidad por su crisis política interna. Los palestinos, sean de Hamas o de Al Fatah/OLP, obviamente saben perfectamente lo que está pasando dentro de Israel. Segundo, las acciones violentas de colonos israelíes contra palestinos en Cisjordania, que en mi opinión han alcanzado los niveles de violencia más altos en los 50 años de ocupación israelí, en el marco del gobierno israelí más derechista de la historia. Tercero, la rotura del statu quo vigente desde 1967 en el Domo de la Roca y la mezquita Al-Aqsa (en la llamada Explanada de las Mezquitas, Haram al Sharif en árabe), según el cual los judíos pueden visitar la zona pero no rezar dentro de ella: hay varios ejemplos en estos meses de grupos radicales judíos que subieron a rezar e incluso realizaron filmaciones, y los palestinos temen, aunque suene exagerado, otro tipo de cambios en Haram al Sharif, como la destrucción de las propias mezquitas. El cuarto punto tiene que ver con el intento de Hamas de hacer estallar el acercamiento de Arabia Saudita a Israel. El mayor ataque terrorista contra civiles durante la segunda intifada fue de el Hamas, en 2002, en el Park Hotel, en Netanya, donde jubilados israelíes estaban festejando la Pascua judía; el objetivo fue destruir la oferta de la Liga Árabe y Arabia Saudita de reconocer a Israel si este se retiraba de los territorios ocupados en 1967.

¿Le sorprendieron la acción y la capacidad táctica militar de Hamas para realizarla?

No me sorprendieron porque si algo he aprendido del conflicto entre israelíes y palestinos es que los periodos de «descanso», sin resolución del conflicto, solo han servido para que Hamas sea cada vez más fuerte, esté más preparado y sorprenda cada vez un poco más a Israel.

*Entrevista tomada íntegramente de Nueva Sociedad, titulada Israel y las reconfiguraciones en Oriente Medio, publicada en octubre de 2023.

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Centro de Estudios sobre el Estado de Derecho y Políticas Públicas

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