La pregunta ineludible para cada cubano ya no es simplemente por cuál de estos rumbos optaría en teoría. La interrogante estratégica que debemos responder es: ¿qué estamos dispuestos a construir hoy para dotar de fuerza al camino y evitar que el destino de Cuba sea decidido por la anarquía? El futuro de la nación no se elegirá en una encuesta de opinión, sino que se forjará acumulando la fuerza organizativa y social capaz de hacer que lo necesario sea, por fin, políticamente inevitable.
La nación cubana se enfrenta hoy a una encrucijada definitiva. No asistimos simplemente a una crisis de gestión o a un bache coyuntural, sino a un agotamiento sistémico que coloca al país frente a cuatro horizontes políticos de naturaleza radical y desenlaces inciertos. Como ciudadanos y actores comprometidos con el porvenir de la República, nuestra responsabilidad trasciende la mera observación de estos rumbos, pues nos exige identificar cuál de ellos conduce a la reconstrucción democrática y qué capacidades debemos articular para hacerlo transitable.
El primero de estos horizontes es la inercia del agotamiento total. Se trata de un proceso de erosión irreversible; una agonía social plena que, por lógica decantación, terminaría arrastrando la estructura del régimen actual. Sin embargo, este escenario es el más peligroso para la nación porque un colapso por entropía no garantiza una transición ordenada, sino que amenaza con dejar tras de sí un Estado fallido, un tejido social desintegrado y una precariedad que haría sumamente difícil cualquier esfuerzo de reconstrucción inmediata. En este punto, el costo de la inacción política es, sencillamente, la disolución nacional.
En segundo lugar, persiste en la subjetividad de ciertos sectores la expectativa de una intervención externa. No obstante, esta ruta choca frontalmente con la realidad geopolítica de un Washington que ha reiterado, con pragmatismo, su negativa a involucrarse en una empresa de tal naturaleza. Alimentar esta quimera no solo posterga la necesaria asunción de nuestra responsabilidad interna, sino que permite al poder actual perpetuar su narrativa de “plaza sitiada”, justificando el inmovilismo que nos ha traído hasta aquí. Del mismo modo, emerge como tercera alternativa la retórica de la ruptura violenta. Aunque algunos la proclaman como el único camino resolutivo, dicha ruta no ha logrado trascender el discurso ni articular una praxis real; en el contexto del siglo XXI, la lucha armada carece de la logística, el respaldo territorial y la legitimidad internacional indispensables para una transición estable y democrática.
Frente a estas tres vías que conducen al caos, a la frustración o a la violencia, la negociación política nacional se erige como la única salida racional y civilizada. Es cierto que, hasta hoy, el poder se resiste a admitirla y que los sectores que la promueven carecen aún de la capacidad operacional interna necesaria para prefigurar este camino. Pero es precisamente en este punto donde la estrategia debe transformarse. Para que este cuarto horizonte sea posible, la negociación no debe presentarse como una concesión del régimen, sino como su único seguro de vida frente a un colapso que los devoraría a ellos también.
La pregunta ineludible para cada cubano ya no es simplemente por cuál de estos rumbos optaría en teoría. La interrogante estratégica que debemos responder es: ¿qué estamos dispuestos a construir hoy para dotar de fuerza al camino y evitar que el destino de Cuba sea decidido por la anarquía? El futuro de la nación no se elegirá en una encuesta de opinión, sino que se forjará acumulando la fuerza organizativa y social capaz de hacer que lo necesario sea, por fin, políticamente inevitable.
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