Se hace imprescindible un proyecto político integral que sitúe la dignidad humana en el centro de la acción estatal. Su implementación requiere un compromiso firme con los principios de justicia, libertad y bienestar, transformando las estructuras legales e institucionales para garantizar que los Derechos Humanos de cada individuo sean respetados y protegidos en todas las circunstancias. Este es el camino hacia una sociedad verdaderamente justa y digna.
La aspiración a una sociedad justa y equitativa para Cuba encuentra su cimiento inquebrantable en la dignidad humana. Esta no es una mera declaración retórica, sino una realidad que solo florece en un terreno abonado por la libertad y el bienestar, derechos humanos concretos que deben erigirse como la piedra angular de toda política orientada hacia la justicia.
Para ello, la propuesta central radica en blindar los Derechos Humanos a través de un catálogo robusto y omnicomprensivo. No basta con la distinción tradicional entre derechos individuales y sociales; es imperativo integrar las demandas de tercera y cuarta generación, elevándolos a la categoría de mandatos ineludibles para cada estamento del Estado, la sociedad civil, el entramado legal y la administración de justicia. Esta visión exige una comprensión dinámica y evolutiva de los derechos, guiada por principios fundamentales como la igualdad, la progresividad, la universalidad, la indivisibilidad, la interdependencia, la inalienabilidad y la imprescriptibilidad. Reconocer la capacidad de ejercer todo aquello no expresamente prohibido por la ley y la irretroactividad benigna de la ley penal son corolarios esenciales de esta concepción. Asimismo, la posibilidad de exigir estos derechos, tanto individual como colectivamente, empodera a la ciudadanía como agente activo en la defensa de su propia dignidad.
La trascendencia de los instrumentos internacionales en la materia es innegable. La ratificación de los Pactos de Derechos Políticos y Civiles, y de Derechos Económicos, Sociales y Culturales de las Naciones Unidas, junto con la adhesión a otros tratados y protocolos relevantes, no debe ser un mero acto formal. Estos compromisos deben internalizarse profundamente en el ordenamiento jurídico, otorgándoseles rango constitucional para asegurar su primacía y justiciabilidad efectiva.
La coherencia del sistema legal exige una revisión profunda de sus pilares fundamentales. Un Código Civil y su normativa procesal deben construirse sobre la sólida base de la protección de los Derechos Humanos, garantizando la igualdad ante la ley y el acceso a una justicia que respete la dignidad intrínseca de cada individuo. De igual manera, la protección de la vida, las políticas de género y los derechos de la mujer, incluyendo la legislación contra la violencia machista, deben ser prioridades ineludibles en la agenda política y jurídica.
La salud de una democracia se mide, en gran parte, por la amplitud de su espacio público y la libertad de expresión. En este sentido, la abolición de la criminalización de la opinión política se presenta como un imperativo ético y funcional. Silenciar las voces disidentes es un atentado contra la libertad y un obstáculo para el progreso social. En la misma línea, la eliminación de la pena de muerte del ordenamiento legal representa un avance civilizatorio fundamental, reconociendo el valor inviolable de la vida humana.
La atención al sistema penal es otro pilar crucial. Un Código Penal y su normativa procesal deben diseñarse bajo la égida de la protección de los Derechos Humanos, evitando ambigüedades e ideologizaciones que puedan dar lugar a interpretaciones arbitrarias y a la vulneración de derechos fundamentales. Su aplicación debe ser concebida como ultima ratio, un recurso extremo a utilizar solo cuando otras vías han sido agotadas.
La independencia del Poder Judicial emerge como una garantía esencial para la protección efectiva de los Derechos Humanos. Esta independencia debe ser funcional, presupuestaria y jerárquica, respaldada por procedimientos transparentes y meritocráticos para la selección de jueces capaces de impartir justicia con imparcialidad y conocimiento. Paralelamente, la jurisdicción de los tribunales militares debe circunscribirse estrictamente a asuntos de naturaleza castrense y a sus integrantes. El restablecimiento del libre ejercicio de la abogacía fortalece el derecho a la defensa y el acceso a la justicia.
La institucionalización de mecanismos de control y garantía de los derechos es fundamental. La creación de una Defensoría del Pueblo como garante máximo del disfrute de los Derechos Humanos, una Fiscalía General de la República vigilante del cumplimiento de la ley por parte del Estado y la sociedad, y un Tribunal Constitucional autónomo con la autoridad para invalidar leyes y acciones gubernamentales que contravengan la Constitución, son pasos decisivos hacia un sistema de justicia robusto y eficaz.
La consagración de un proceso de amparo constitucional efectivo, que recoja los avances más significativos de la doctrina y fomente la implementación de las decisiones de los organismos internacionales en la materia, otorga a los ciudadanos una herramienta poderosa para la protección de sus derechos fundamentales. La posibilidad de recurrir judicialmente todas las decisiones administrativas que afecten los derechos de las personas amplía aún más el espectro de la tutela judicial efectiva.
Finalmente, la promoción de formas alternativas de solución de controversias, como la mediación, la negociación, la conciliación y el arbitraje, contribuye a una administración de justicia más ágil y humana. La integración plena al sistema interamericano de protección de los Derechos Humanos y la incorporación a la Corte Penal Internacional son pasos trascendentales para alinear la política de justicia con los estándares internacionales y fortalecer la rendición de cuentas en materia de derechos humanos.
En definitiva, se hace imprescindible un proyecto político integral que sitúe la dignidad humana en el centro de la acción estatal. Su implementación requiere un compromiso firme con los principios de justicia, libertad y bienestar, transformando las estructuras legales e institucionales para garantizar que los Derechos Humanos de cada individuo sean respetados y protegidos en todas las circunstancias. Este es el camino hacia una sociedad verdaderamente justa y digna.
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