La Patria es dicha de todos, y dolor de todos, y cielo para todos. José Martí

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Un hombre de mármol

Breve acercamiento a la vida de Carlos Manuel de Céspedes: El Padre de la Patria.

04 Ene 2023
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Imagen © Redes

Origen familiar

Carlos Manuel de Céspedes y López del Castillo, el Padre de la Patria, nació el 18 de abril de 1819 en una villa llamada La Heroica (hoy ciudad de Bayamo). La posición estratégica de la Villa, con las fértiles llanuras que la rodeaban, la hizo uno de los pueblos más prósperos de la Colonia. Entre los primeros habitantes de la Villa se encontraba la familia de Céspedes, descendiente de un largo linaje de caballeros españoles, así como la familia de Luque, cuyos miembros disfrutaban -hacía siglos- de alto prestigio en España. De la unión de estas dos familias nació Jesús María de Céspedes, padre del insigne patriota.

Varias generaciones de antepasados paternos de Carlos Manuel de Céspedes fueron personas influyentes u oficiales de los ejércitos españoles. Los de Céspedes aparecen por primera vez en el siglo XIII en Castilla, en un pueblo llamado Céspedes, al norte de Burgos, entre Medina del Pomar y Espinosa de los Monteros. Durante la reconquista fueron descendiendo hacia el sur, por Castilla y Extremadura, hasta establecerse en Sevilla y en sus alrededores, vinculados con el Duque de Osuna. Por aquel entonces la familia –que ya era “hijodalgo”- recibió dos marquesados, el de Carrión de los Céspedes y el de Miranda del Pítamo. Los de Céspedes participaron en la conquista de Cuba y se establecieron en diversas partes del Continente. Juan de Céspedes –nacido, bautizado y desposado en Osuna- fue el primero que se radicó con su esposa en Cuba, específicamente en Bayamo. Desde muy pronto otros familiares se establecieron en varias localidades de la Isla: Oriente, Camagüey, Holguín y La Habana.

La familia de Céspedes compartió en Cuba, desde los orígenes, una buena cantidad de haciendas madereras y ganaderas, hasta poseer las mayores riquezas al sur de Bayamo, desde Media Luna y Campechuela hasta Niquero y Pilón. El hijo mayor del presidente de Céspedes, una vez terminada la guerra, logró recuperar cinco de estas haciendas, que juntas sumaban unos cuantos miles de caballerías de tierra.

Hasta donde se conoce con alguna exactitud (diciembre de 1614), la rama de los de Céspedes asentada en la Isla no dejó de cultivar el linaje familiar a través del compromiso para con el bien público. Por ejemplo: Don Juan Antonio Céspedes y Conde, fue Alcalde Ordinario de la villa de San Salvador de Bayamo. Don Diego de Céspedes y Anaya era regidor de dicha villa. Don Juan de Céspedes había sido Alcalde Ordinario de Puerto Príncipe. El capitán Diego de Céspedes y Aguilera, y Don Andrés Céspedes y Salvatierra, fueron también regidores de la villa de Bayamo. Y el padre de Carlos Manuel, Don Jesús María de Céspedes y Luque, fue un fiel oficial de las milicias españolas, aunque –es necesario resaltar- decía ser cubano en un momento de la historia en que, para la mayoría, Cuba era todavía una localidad del Estado español. Por otra parte, los ascendientes paternos de la madre, Doña Francisca de Borja López del Castillo y Ramírez de Aguilar, eran ricos camagüeyanos.

El matrimonio de Jesús María y Francisca tuvo otros hijos. Se ha sabido acerca de Francisca Borja, Francisco Javier (quien también ostentó la más alta magistratura de la República en Armas), Ladislao y Pedro María. No obstante, de Céspedes revela otro hermano en las últimas páginas de su Diario -perdido al ser asesinado y aparecido, recientemente, en el año 1981- cuando anotó: “Lacret ha hablado de un Gral. Céspedes q. conoció en Haití y atendió mucho a los emigrados cubanos, diciéndole q. era pariente cercano mío. Quién será? Esto ha vuelto á traerme á la memoria a mi hermano Manuel Hilario perdido desde 1850”.¿Qué explicación pudiera tener el escaso conocimiento sobre este hermano de Carlos Manuel de Céspedes? ¿Acaso que era un hijo extramatrimonial? De cierto sólo hay una cosa: el nombre es recurrente en la familia.

Formación

En la época de su nacimiento las costas y los cayos de Cuba estaban infestados de piratas y contrabandistas, los que a través de un comercio lucrativo anticipaban los tiempos de libertad comercial. La paz y la seguridad de Bayamo estaban amenazadas. Por tanto la familia de Céspedes decidió residir largas temporadas en sus haciendas. Así, Carlos Manuel pasó la niñez en la parte más pintoresca y montañosa de la Isla. Allí aprendió a montar a caballo y a trepar las laderas de la Sierra, ejercicios fuertes y varoniles que habrían de servirle más tarde.

Lograda la tranquilidad suficiente, la familia pudo volver a residir en la Ciudad e iniciar la formación académica de Carlos Manuel. La primera profesora del niño fue una señora de más de setenta años de edad, cuyo libro de clase era un anticuado texto primario para enseñar a deletrear y a leer. En 1829, con diez años de edad, fue enviado al convento de Santo Domingo, donde los discípulos de Santo Tomás de Aquino lo tomaron bajo su responsabilidad. Le enseñaron sagradas escrituras, filosofía, historia, gramática y latín. Se dice que a los diez años hablaba este idioma con soltura y que incluso tradujo La Eneida. También afirman los historiadores que en esta época ya demostraba una buena afición por los libros y un gran empeño en los estudios.

A los 16 años sintió el anhelo de más amplios horizontes, para lo cual se dirigió a La Habana. Aquí estudió en la Universidad de San Jerónimo y en el Real Colegio Seminario San Carlos y San Ambrosio. Durante los estudios -de Derecho- en la capital de la Isla, perfeccionó el latín y aprendió el griego, el inglés, el francés y el italiano. En esta etapa trabajó duro para aprobar las asignaturas, y trabó amistad con estudiantes y profesores de ideas ilustradas, mientras el amor a su tierra crecía con pasión.

En 1838 se graduó de bachiller y regresó a su ciudad natal. Ya en Bayamo contrajo matrimonio con María del Carmen, su prima.(1) Muy pronto, dejando a su esposa en espera de un hijo, viajó a la Universidad de Barcelona, España, para obtener los títulos de licenciado en derecho y de abogado de los tribunales del Reino. De regreso visitó y estudió a Francia, Inglaterra, Alemania, Suiza, Italia, Grecia, Turquía y Constantinopla. Los sistemas de gobierno y las culturas de estos países le causaron una favorable impresión.

Personalidad

El Padre de la Patria era una persona con elevada cultura, siempre –hasta en los momentos más difíciles- intentaba comportarse con estilo e incluso vestir de manera elegante. Le caracterizaba, además, una palabra seductora. Sobre su carácter, Manuel Anastasio Aguilera aseguraba: “era de gran imaginación, astuto, disimulado, severo, cortés y agradable en el trato social, tolerante por cálculo; poseía una fuerza de voluntad indomable, y era sobremanera galante y delicado con el bello sexo.”

Le encantaban los deportes. Entre los preferidos se hallaban la equitación, la natación y la caza, así como la esgrima y el adiestramiento con las armas de fuego. Le apasionaban también la música y la literatura. Por ello cultivó la poesía. Durante la guerra, mientras viajaba, escribía descripciones poéticas de los lugares que visitaba. La Bayamesa (que suele confundirse con el Himno de Bayamo, de Pedro Figueredo), fue una de sus más bellas composiciones.

Sobre la conformación física de Carlos Manuel de Céspedes es posible considerar la descripción realizada por James O´Keilly, un irlandés que, en calidad de corresponsal del New York Herald, se entrevistó con el presidente de Céspedes en la manigua, el 6 de mayo de 1873, cuando éste contaba ya 54 años de edad. Escribió James O´Keilly: “era un hombre de corta estatura y poseía una constitución de hierro. Se mantenía notablemente derecho, y era nervioso en acción y por temperamento. Tenía facciones regulares, frente alta y bien formada; la cara oval, un tanto desmejorada por el tiempo y los cuidados. Sus ojos grises, con un tinte castaño, eran además lustrosos y penetrantes. La boca y la parte inferior del rostro escondidas por una barba y un bigote de color gris acero mezclado con algunos cabellos negros; pero al sonreírse mostraba unos dientes muy blancos y con sólo una excepción (un diente que se partió una vez que su caballo resbaló al cruzar un río y se cayó) admirablemente conservados.”  Esta descripción posibilita confirmar que Carlos Manuel de Céspedes, casi al final de su vida, conservaba aún el atractivo de la mirada y de la sonrisa, así como el de la fuerza física y la figura atlética.

Conspiración

El quehacer conspirativo de Céspedes comenzó durante su estancia en España, por motivos de estudios, y a consecuencia de las dramáticas jornadas de 1841. En ellas participó como miembro de los contingentes de la milicia ciudadana, donde conoció y se relacionó amistosamente con el oficial Juan Prim y Prats.(2) De esta experiencia dejó un poema autobiográfico.

Ya en Cuba, Carlos Manuel de Céspedes estableció un bufete de abogado en Bayamo y pronto consiguió atraer una amplia clientela que le consultaba pleitos y le confiaba intereses. La integridad y pericia le hicieron una figura importante del foro provincial. Sus escritos empezaron a revestir formas más serias y llegaron a publicarse, incluso en la Capital. En ellos se manifestó como un franco defensor de los derechos de Cuba y de las garantías necesarias para estimular el crecimiento de la economía en la Isla. También se pronunció sobre la cuestión de la esclavitud -el debate ardiente de aquellos días- a partir de la defensa del derecho de los esclavos a un trato generoso y a la emancipación.

Posteriormente, con la ejecución de Narciso López en 1851, de Céspedes sintió la obligación de dar a conocer, públicamente y de manera bien explicita, sus sentimientos nacionalistas. Desde entonces –aseguran muchos investigadores- juró en silencio entregarse a la causa de la independencia de Cuba.

España apretaba la mano sobre la Isla. En ese mismo año 1851 de Céspedes, a causa de sus criterios, sufre persecución y arresto. Fue desterrado a Palma Soriano, un lugar situado en las márgenes del Cauto. Allí estuvo cuarenta días, escribiendo y hablando con los compañeros de destierro sobre la posible viabilidad de un movimiento revolucionario en Cuba. En sus creaciones de entonces hallamos el Canto al Turquino y varias poesías, entre las que se destacan el soneto Al Cauto y el poema La Mariposa.

De vuelta a Bayamo, supo de la muerte de su padre. Sintió profundo pesar por la ausencia y porque ya no podría contar con sus consejos, apoyo e influencia. Pronto se vio nuevamente envuelto en conflictos con las autoridades, que comenzaron a considerarlo, desde ahora y definitivamente, como un hombre muy peligroso. Un discurso valiente fue el motivo hallado por el Gobierno para mudarlo a Manzanillo, de donde sólo regresó para que se expidiera una orden fijando su residencia en Baracoa, ciudad distante de la suya y con muy escasas posibilidades para relacionarse con los amigos.

En 1852, calmada la situación política, volvió a Manzanillo. Se estableció en su casa de la calle Santa Ana número 41. Aquí adquirió el histórico ingenio La Demajagua, con el objetivo de residir fuera de Manzanillo, pero con la cercanía necesaria para frecuentar sus amistades, fundar una nueva Sociedad Filarmónica, por el estilo de la que había creado en Bayamo, ocuparse de los negocios y participar en las actividades sociales y artísticas de su preferencia.

La vida le transcurrió tranquila durante tres años. Pero en 1855, otro acto de violencia e injusticia gubernamental, al ejecutar a Ramón Pintó por participar en un intento de insurrección, despertó de nuevo la indignación de Carlos Manuel de Céspedes, quien condenó duramente a los españoles por sus procedimientos bárbaros y sumarios. De inmediato fue arrestado y confinado a bordo de un buque de guerra, el navío Soberano, usado como barco-prisión en el puerto de Santiago de Cuba.

Salió del barco con cuarenta años de edad resuelto a todo por su patria y con todas las extraordinarias facultades bajo el más perfecto dominio de una voluntad férrea. De inmediato se ocupó de poner en orden los negocios y comenzó a hablar en las reuniones secretas de los conspiradores. Les habló de planes de acción, de sacrificios necesarios, del modo de convertir en realidad los sueños. En la noche buena de 1867, a causa de una denuncia anónima, el gobernador de Manzanillo dio orden para volver a detenerlo. Pero ésta no se llevó a efecto, porque de Céspedes estaba al pie del lecho de su esposa moribunda y atendiendo a sus tres hijos: dos varones y una niña. (3)

No obstante, continuó con el empeño libertario. Se unió a un nuevo intento independentista que preparaban Francisco Vicente Aguilera, Francisco Maceo Ossorio y Pedro Figueredo. Los conspiradores debatían sobre el momento oportuno y las condiciones necesarias para efectuar el alzamiento. No lograban acuerdo, pero algunos procuraban imponer, a través de fundamentos, la necesidad de no dilatar el inicio de la guerra. Entendían que la situación era insostenible y el peligro de una delación aumentaba cada día. Al respecto, en la memorable reunión conspirativa en San Miguel del Rompe, Carlos Manuel de Céspedes y López del Castillo apasionadamente expresó: “Señores: La hora es solemne y decisiva. El poder de España está caduco y carcomido. Si aún nos parece fuerte y grande, es porque hace más de tres siglos que lo contemplamos de rodillas. ¡Levantémonos!.”

Líder del alzamiento

Denunciada la conspiración, de Céspedes reunió a sus compañeros en el ingenio La Demajagua y al amanecer del 10 de octubre de 1868, llamando a sus esclavos al toque de la sonora campana, los declaró libres y les pidió luchar por la independencia de Cuba. Con unos 100 hombres, de los cuales sólo 37 llevaban armas de fuego, salió a encender la llama de la rebelión libertadora. Con el alzamiento se enarboló, por primera vez, la bandera de Bayamo, confeccionada por la familia utilizando su roja muceta de abogado, el vestido blanco de bodas de su esposa y el dosel que enmarcaba la venerada imagen de la Virgen de la Caridad atesorada en el hogar del ilustre abogado y poeta bayamés. La bandera fue elaborada teniendo como referencia la ondeada en Chile por O´Higgins, a quien consideraba el arquetipo del libertador de la América hispana. Cuando las tropas mambisas llegaron al pueblo de Barrancas, poco después del grito de Yara, el presbítero Jerónimo Emiliano Izaguirre, cura párroco del lugar, salió a recibirlos y bendijo por primera vez este nuevo símbolo de la Patria.

La asoladora guerra tantas veces temida por varias generaciones de cubanos -con todos sus heroísmos y horrores-, se desencadenaba. Los patriotas previsores y prudentes, habían querido evitarla por todos los medios desde la lejana época del padre Varela pero Cuba, al fin y al cabo, no había podido escapar al sacrificio.

La ciudad de San Salvador de Bayamo fue tomada por las armas el 20 de octubre de 1868. Este suceso fue sin dudas el más importante acaecido después del Grito de Yara. En la iglesia de Bayamo tuvo lugar una Acción de Gracias y se volvió a bendecir la bandera (recordado hoy por un fresco en la Catedral de esa ciudad). En el Ayuntamiento de la Villa capitulada tomaron asiento en el gobierno patriótico, durante los seis meses que duró, también españoles simpatizantes con la causa de la independencia y hombres negros, estableciéndose las premisas de la igualdad. Me resulta imprescindible anotar, además, que el comandante y doctor Rosendo Arteaga y Montejo, entonces ayudante de Carlos Manuel de Céspedes, es el padre de Manuel Artega Betancourt, el primer cardenal cubano.

El hecho más recordable de aquellas jornadas fue la interpretación del Himno Nacional, obra del Doctor Pedro Figueredo, quien lo había estrenado temerariamente en 1868 durante los ritos religiosos del Corpus Christi, en presencia de las autoridades españolas. Pero ahora, tomando como escenario las escalinatas del atrio del Templo, era interpretado con su letra, la que -según dice la tradición y parece poco verosímil- el mayor general Figueredo había escrito en ese momento y sobre la montura de su caballo.

Los elementos esenciales del Manifiesto que de Céspedes lanzó al pueblo de Cuba y al mundo entero, en nombre de la Junta Revolucionaria de la Isla de Cuba, son:  independencia política y económica, igualdad de derechos para todos los hombres y libertad para los esclavos africanos, inserción de Cuba en solidaridad activa con los pueblos de América y del mundo, y la decisión de iniciar de inmediato la lucha armada como única vía para alcanzar todo esto.

Las primeras medidas tomadas en Bayamo por el gobierno patriótico fueron: Decreto estableciendo el servicio militar obligatorio. Orden del día disponiendo se dé cuenta de las depredaciones que cometen las tropas colonialistas. Orden del día contra los malhechores que se aprovechan del estado insurreccional. Orden del día disponiendo concurrir a la bendición de la bandera. Aviso autorizando a los inconformes con la Revolución a salir de las jurisdicciones sublevadas. La ejecución para aquellos que subleven esclavos, atenten contra la propiedad o ayuden al enemigo. Decreto organizando el racionamiento de las tropas. Y decreto de abolición condicionada de la esclavitud.

Mucho trabajó Carlos Manuel de Céspedes, primero como capitán general y después como presidente de la República en Armas, para consolidar en lo militar y en lo político al ejército mambí y a todos aquellos que, de una forma u otra, iban integrando el pueblo libre de Cuba. Levantó su voz ante el mundo civilizado cuando se consumó -en La Habana, el 27 de noviembre de 1871- la ejecución de los ocho estudiantes de medicina. Fue también quien hizo nacer en Máximo Gómez (según aparece en las notas de éste último) el pensamiento de la invasión. Por solo citar algunos ejemplos.

En lo internacional alcanzó para la República en Armas el reconocimiento diplomático y la simpatía de las Repúblicas del hemisferio occidental. México, Chile, Venezuela, Perú, Bolivia, Colombia, Brasil, El Salvador y Honduras, pronunciaron, uno tras otro, adhesión a la causa cubana. En su favor se levantó, también, el verbo incomparable del famoso novelista francés Víctor Hugo. Y el ya mencionado irlandés, James O´Kelly, publicó un volumen titulado La Tierra del Mambí.

Su valor e iniciativa, honradez y capacidad de estratega, lo elevaron a un liderazgo tal que cuando recibió la solicitud de canjear a su hijo Oscar, prisionero de los españoles, por un oficial de la Península, en manos del ejército mambí, y respondió: “Oscar no es mi único hijo, lo son todos los cubanos que mueran por nuestras libertades patrias”, los cubanos libres lo convirtieron en el Padre de la Patria.

La familia y la guerra

La población de Guáimaro fue el escenario de dos de los hechos más importantes de la vida de Carlos Manuel: la elección a la presidencia de la República en Armas, el 11 de abril de 1869 y el primer encuentro con quien habría de ser su segunda esposa, Ana de Quesada y Loynaz. Ella era una de las tres hijas solteras de las cinco hijas de Don Pedro de Quesada y Quesada y de su esposa Doña María del Carmen Loynaz y Miranda. La familia Quesada pertenecía a la nobleza de Andalucía.

Manuel de Quesada, tío de Ana, regresó a Cuba con una expedición para apoyar el estallido insurrecto. Llegó con grados de general de división ganados por el prestigio de sus proezas en México. De inmediato es elegido por la Cámara de Representantes como general en jefe de las fuerzas cubanas. Poco después de ocupar el alto cargo militar invitó a comer al Presidente, oportunidad aprovechada por de Céspedes para conocer detalles encantadores de Anita y así quedar prendado por sus virtudes físicas y espirituales. Ana de Quesada poseía unos maravillosos ojos castaños oscuros y una mirada suave. Tenía el cutis terciopelado y el pelo negro. Era bondadosa y de modales delicados. La distinguían un gran carácter y un notable dominio de sí misma.

La compenetración entre ellos -en el año de felicidad que gozaron juntos- fue perfecta. Les nació un hijo y le nombraron Oscar, en memoria del hijo del primer matrimonio que había sido inicuamente fusilado por los españoles. El bebé murió a los pocos meses, dadas las circunstancias de la manigua y la guerra. Ana volvió a salir en estado y aquí surge un nuevo problema para de Céspedes. Si ella se mantenía en la manigua quizá tendrían que sufrir también la pérdida de este nuevo hijo. Pues los españoles intensificaban la ofensiva y ganaban terreno, y como consecuencia los revolucionarios se veían en la obligación de estar constantemente en movimiento. Por otra parte, la joven madre ya no estaba fuerte y lozana.

La solución se presentó casi inmediatamente. El 3 de noviembre de 1870, Juan Clemente Zenea, conocido como poeta y patriota cubano, salió de Nueva York con destino a Cuba encargado de una misión secreta por los agentes españoles en los Estados Unidos. Traía un salvoconducto expedido por el Ministro de España en Washington. Ignorando estas circunstancias y creyendo a Zenea fiel patriota, los revolucionarios lo recibieron como a un libertador. Cuando se separó de ellos, llevaba encima numerosa correspondencia oficial y planes para introducir futuras expediciones. El Presidente, que tenía de Zenea la mejor opinión, le confió su esposa para que, saliendo de la Isla, se uniera a su familia en Nueva York.

El 13 de diciembre salió Anita del campamento del Gobierno con destino a Estados Unidos. No obstante, el último día del año, como a las 5 de la tarde -después de peligrosos contratiempos que la habían hecho decidir el regreso a donde suponía se encontraba su esposo-, llegaron a una finca llamada Santa Rosa de la Guanaja, en la que se hallaba acampado un fuerte destacamento de tropas españolas. Los hombres que acompañaban a la esposa del Presidente, al percatarse de esto, abandonaron sus cabalgaduras y se internaron en el monte. Sólo Zenea, confiado en su salvoconducto, se quedó impávido en medio de la confusión. Como resultado él, la esposa del Jefe del gobierno revolucionario y la esposa de Bernal –otro patriota- quedaron en prisión.

Pocos días después fueron enviados a La Habana en un cañonero español. Al llegar a esta Ciudad, Anita estuvo detenida varios días en la morada particular del director en la Casa de Beneficencia, y el gobernador capitán general Blas Villate, conde de Valmaseda, la obligó a entrevistarse con él, en Palacio. En la conversación, el Gobernador le pidió que usara su influencia para que de Céspedes abandonara la guerra, prometiéndole que lo sacaría sano y salvo de la Isla a bordo de un buque de guerra. Incluso le ofreció dinero para el Presidente y una alta posición oficial en la Madre Patria agradecida. Anita lo rechazó todo y Valmaseda la despidió con estas fatídicas palabras: “No importa, algún cubano nos lo entregará.”

El conde Valmaseda le permitió salir de Cuba, a bordo de un vapor que zarpó para el Norte el 12 de enero de 1871, y el infortunado poeta Zenea pagó con la vida la penalidad de su traición. El 25 de agosto de 1871 fue pasado por las armas en el Foso de los Laureles de la Fortaleza de la Cabaña, en La Habana. Los españoles también lo consideraron traidor a ellos, porque llevaba, sin permiso, cartas y dinero de los revolucionarios cubanos. Al conocer de Céspedes sobre esta ejecución, escribió: “¡Qué desgraciado! Morir odiado por españoles y cubanos cuando pudo tener en la historia un lugar tan distinguido.”

El 12 de agosto de 1871 (ya en New York desde principios de año) la esposa de Carlos Manuel de Céspedes dio a luz, con breves horas de diferencia, a Gloria de los Dolores y a Carlos Manuel. Mientras, en Cuba, el Presidente estaba casi sólo y ansioso ante la conspiración que en su contra gestaban algunos miembros de la Cámara de Representantes. Sumergido en la guerra y en la tembladera de la intriga, recibió –para alegría suya- cabellos y retratos de Gloria y de Carlos, que a diario contemplaba y enseñaba a todos. Por su parte, también le envío a su familia, a través del entonces capitán Quintín Banderas, cabellos suyos y pelos de su barba.

Precedente del conflicto

La guerra de 1868 respondió a una impulsión mixta y se produjo de una manera semi espontánea y, por derivación, de modo fragmentario. Hubo conspiradores en Manzanillo, Bayamo, Santiago, Las Tunas, Camagüey, Las Villas y Occidente. Mientras los promotores del movimiento en estos territorios intentaban el consenso necesario, el Gobierno sospechó y decidió proceder contra ellos. Es entonces cuando de Céspedes siente la obligación de levantarse en armas para evitar la prisión que ha ordenado el Capitán General y la frustración del empeño libertario. Como consecuencia, la organización de la revolución resultó ser local y por tanto diferente, conforme a los propósitos y a la concepción que del movimiento en sí y de su procedimiento tenían los iniciadores más influyentes en cada uno de los territorios.

Al proclamar de Céspedes –por su parte- la independencia en La Demajagua, no se hallaba –como es lógico- revestido de más poderes que los otorgados por el grupo de conspiradores reunidos en el Rosario el 5 de octubre, de quienes era inspirador y jefe. No obstante, en el manifiesto lanzado el 10 de octubre, se dirigió a sus compatriotas y al mundo, en condición de General en Jefe y a nombre de la “Junta Revolucionaria de Cuba”, asumiendo, de hecho, la representación y el mando supremos de la guerra. La audacia de su resolución, y los amplísimos poderes de que se declaró investido y comenzó a hacer uso, sorprendieron y desagradaron a Francisco Vicente Aguilera, jefe de la conspiración, y a otros de sus directores, pero ya la rebeldía armada estaba en marcha y los emisarios enviados por de Céspedes a los restantes territorios, con la noticia del alzamiento, encontraban una inmediata y favorable respuesta.

Carlos Manuel de Céspedes comienza a perfilar la organización de la guerra y para esto estructura en Oriente la Junta Revolucionaria de la Isla de Cuba, integrada por cinco miembros y presidida por él, con el cargo de Capitán General. Al crear las instituciones de la revolución mantiene la organización española, por ejemplo: los comandantes militares, los capitanes de partido, la unión de la Iglesia y el Estado, y –como ya apunté- el centro del gobierno en manos de un capitán general. Los investigadores sostienen que de Céspedes intentó mantener esta continuidad estructural porque su propósito más importante e inmediato era evitar grandes confusiones y aunar fuerzas para lograr la independencia de España, con el objetivo de suplantar la injusticia colonial con la justicia criolla, lo cual era imposible sin la capacidad necesaria para quebrantar la fuerza de la Metrópolis, a través de una guerra bien organizada. El Dr. Eusebio Leal Spengler asegura que el Padre de la Patria tenía como intención final la instauración de una República laica, al estilo de las de su época.

Posiciones ideológicas en conflicto

A su vez, en Camagüey la conspiración había sido alimentada por una minoría de intelectuales ilustrados que optaban por la ideología liberal. Ignacio Agramonte, Salvador Cisneros Betancourt, Antonio Zambrana y Eduardo Agramonte, entre otros, pretendían dar a Cuba, desde el inicio, una organización democrática, con el objetivo de liberarla no sólo de la Metrópolis, sino también del despotismo. Para esto comenzaron por organizar el llamado Comité Revolucionario del Camagüey, una junta de tres miembros, sin ejecutivo ni presidente, a manera de gobierno colegiado.

En la entrevista que tuvieron los jefes camagüeyanos con de Céspedes en Guáimaro, en diciembre de 1868, los primeros se opusieron a reconocer su autoridad, si éste primero no renunciaba al título de Capitán General, establecía la división de los mandos civil y militar, declaraba la libertad de conciencia y separaba la Iglesia del Estado, entre otras exigencias. Aunque dejaban, de buen grado, a decisión suya cuál de los dos mandos asumir.

Los camagüeyanos, por gestión de Manuel Sanguily, lograron que los revolucionarios de Las Villas se sumaran a su ideología liberal para juntos ir en contra de la política de Carlos Manuel de Céspedes. El ambiente político difícil que se fue creando, hizo necesario intentar acoplar estas distintas opiniones y maneras de gobernar la revolución. Para esto lograron convocar una reunión con todos los gestores de la revolución, quienes –además y sobre todo- tendrían la misión de establecer, a través de una Constitución, la República de Cuba en Armas. Tal congreso fue la Asamblea de Guáimaro.

Asamblea de Guáimaro

Varios historiadores aseguran que Carlos Manuel de Céspedes entró en Guáimaro seguido por un grupo de colaboradores -para participar en dicha Asamblea-, bajo los rayos de un sol abrasador y ante un pueblo echado a la calle para verlo. Que también entraron, pero como bajo una lluvia de repique de campanas, los camagüeyanos con Ignacio Agramonte al frente. Y que detrás desfilaron los villareños.

 Ya en Guáimaro, juntos, la cordialidad se sintió crecer y con ella la fe. Todo era diálogo, cortesía y ceder el paso, tanto a las personas como a las ideas. Así llegó la mañana del 10 de abril en la que se reunieron, en sesión secreta, bajo la presidencia de Carlos Manuel, para constituir la Asamblea y acordar una declaración de principios, así como nombrar a los secretarios de la misma, que resultaron ser Ignacio Agramonte y Antonio Zambrana. A las cuatro de la tarde de ese día volvieron a reunirse, pero ya en funciones de Asamblea Constituyente, y en sesión pública y solemne.

En la Asamblea se trató sobre la bandera de la República. Una de las propuestas era la enarbolada en La Demajagua, defendida con gran elocuencia por Carlos Manuel de Céspedes. La otra proposición, liderada por Agramonte y Zambrana –quienes se presentaron en la Asamblea utilizando como escarapelas, en sus uniformes, las banderas de Narciso López y la norteamericana-, pretendía que se oficializara la del venezolano. Ante esta disyuntiva y en medio del debate sobre el tema, Carlos Manuel de Céspedes manifestó estar dispuesto a renunciar a la suya si los camagüeyanos y villareños desistían de emplear como distintivo la del vecino país norteño. Una vez de acuerdo en aprobar la de Narciso López (inspirada en la bandera de Texas y con un fuerte contenido masónico) y dejar en desuso la de Bayamo, Zambrana propuso y la Cámara acordó, que ésta última se fijara en la sala de sesiones y se considerara, por siempre, un tesoro de la República.

En el transcurso de la Asamblea comenzaron a chocar las dos posiciones existentes. Carlos Manuel de Céspedes entendía que debía organizarse una jefatura militar. Ignacio Agramonte opinaba que era indispensable estructurar la revolución en forma de una jefatura civil. El primero sostenía que debía asegurarse el triunfo militar de la revolución y el segundo fundamentaba la conveniencia de asegurar desde el inicio el libre disfrute de los derechos políticos. De Céspedes planteaba que era necesario mantener una Capitanía General con facultades omnímodas en lo civil y en lo militar, condicionada por las razones urgentes de la guerra. Agramonte se oponía asegurando que era necesario crear una asamblea democrática de contenido popular que gobernase la guerra y la vida civil. Para resolver la pugna, de Céspedes transige y admite que sus ideas se lleven a discusión, sin ignorar que está en minoría.

El día 11 fueron leídas y dadas por buenas las actas de las sesiones anteriores y se ratificó la aprobación de la Carta Magna. Terminadas las labores de la Asamblea entró en funciones la Cámara de Representantes. Ésta designó como su presidente a Salvador Cisneros Betancourt y para secretarios a Ignacio Agramonte y a Antonio Zambrana. Por aclamación fue designado Carlos Manuel de Céspedes presidente de la República, y el general Manuel de Quesada y Loynaz, jefe del ejército.

Una República abortada y una ignominia al Presidente

La constitución organizaba formalmente una república federal y parlamentaria. Pero en realidad no era una cosa ni la otra. Entre otras razones porque las legislaturas de los cuatro Estados no funcionaron y, por otra parte, el Presidente carecía de la facultad de disolver la Cámara, indispensable en un régimen parlamentario. (Al Poder Judicial se le otorgó absoluta independencia y se dejó su organización a una ley especial.) Esta realidad planteaba, de inmediato, una doble incongruencia: la constitucional y la política. La incongruencia constitucional consistía en un Legislativo con facultades ejecutivas, y la política en un Ejecutivo sin facultades ejecutivas. Como consecuencia, la Cámara logró colocarse en un plano de pugna con el Jefe del Ejército, que es el verdadero ejecutivo durante una guerra, y, en el sentido político, pudo empeñarse en una hostilidad permanente con el Presidente de la República.

La catástrofe que esta crisis podía provocar, no se consumó inmediatamente, pues durante los primeros años de guerra la suerte del ejército mambí era bastante desfavorable. Pero cuando la revolución fue consolidando su posición y ya los insurrectos pudieron pensar en política, estalló de nuevo y con mayor gravedad la antigua pugna, que -aupada por miserias- terminó por deponer al presidente de Céspedes. Esta deposición y la pre muerte de Agramonte, parecían ser, para algunos, la conclusión de la pugna constitucional entre el Ejecutivo y el Legislativo. Pero no, la problemática interna era mucho más profunda y tenía entre sus causas fundamentales el caudillismo y el localismo, que continuaron debilitando la revolución y contribuyeron fuertemente a su fracaso. (4)

Diferentes factores pudieron ser manipulados para enfrentar las dos posiciones políticas básicas que, en tensión pero a través de consensos, podían haber convivido con dignidad y respeto en la conducción de la guerra. Algunos se dedicaron a exacerbar, por ejemplo: el desplazamiento de Aguilera a causa del alzamiento apresurado del Padre de la Patria, la consecuente no vertebración de los levantamientos y por ende la escasa comunicación entre las tropas, así como las encrespadas relaciones entre Gómez y de Céspedes, y la precaria –y cada vez peor- relación entre el Ejecutivo y el Legislativo.

La verticalidad de la actuación del Presidente chocaba con el Legislativo, por ejemplo: Cuando veto el Reglamento de Libertos en 1869. Al designar al general Manuel de Quesada como su agente especial en el exterior, una vez que la Cámara lo depuso del cargo de general en jefe, por haber chocado fuertemente con ella, al estimar que la misma frenaba el buen curso del Ejército. Cuando la Cámara rechazó su política de aplicar la tea incendiaria, en contradicción con los intereses de los camagüeyanos. En el momento en que se opuso a modificar la Constitución con la creación del cargo de Vicepresidente, cuya implantación -para muchos- escondía el interés de la Cámara por viabilizar la sustitución presidencial. (Esta modificación pretendía, además, que en ausencia del vice, la sustitución del Ejecutivo correspondiera al presidente de la Cámara -en aquel momento Salvador Cisneros Betancourt-, lo que fue recibido por los seguidores del Presidente como una “agresión”.) Otra discrepancia fue en torno al problema del quórum cameral, pues de Céspedes no estuvo de acuerdo con que la Cámara, por no lograr reunir para sus sesiones la cantidad de representantes necesarios, dispusiera autorizar la reunión con sólo el 40% de los legisladores.

En medio de esta situación, Zambrana fue el primero en hablar de deponer al Presidente. Pero la Cámara no quiso tomarlo en cuenta sin conocer primero el pensamiento de la emigración. Con el fin de saber esta opinión, comisionaron al representante Luis Ayesterán, quien al regresar, después de haber cumplido la misma, fue hecho prisionero y fusilado. Sin embargo, por otros conductos supo la Cámara que la emigración estimaba peligrosa la deposición del Presidente. No obstante, el general Calixto García Iñiguez amenazó a la Cámara con el argumento de que si ella no lo deponía, el ejército se vería en la necesidad de imponer la destitución.

De Céspedes precipitó y facilitó los acontecimientos finales, cuando -en estas circunstancias- envió a la Cámara un manifiesto dirigido al pueblo, exponiendo, con dureza y amargura, la realidad del momento y pidiendo independencia para el normal desenvolvimiento de sus funciones.

Al conocer la Cámara el mencionado manifiesto, se reunió de inmediato en Bijagual, el 27 de octubre, protegida por dos mil hombres al mando del general Calixto García. En la reunión, el diputado Pérez Trujillo tomó la palabra para acusar al Presidente de extralimitaciones y desafueros, y pidió su deposición. Tomás Estrada Palma, Marcos García, Eduardo Machado, Juan B. Spotorno y otros, hablaron también para ampliar las acusaciones. Sometida la propuesta a votación fue aprobada con la sola excepción de Salvador Cisneros Betancourt que, quizá por obvias razones, se abstuvo de votar. Aquel día el hombre de La Demajagua, el de la iniciativa arriesgada, pagó a la vida la culpa de ser grande, dejó de ser el Presidente y comenzó a estar sometido, de hecho, a un status de ciudadano cuasi arrestado por el Gobierno de la República en Armas.

Nombrado Salvador Cisneros Betancourt presidente interino, propuso a la Cámara atender a de Céspedes en su nueva vida y proveerlo de una custodia, pues éste era -además del anterior presidente- el primero que había proclamado la independencia, el hombre que había abierto el primer capítulo de aquella gesta. Pero la Cámara no aceptó, abandonándolo a su propia suerte. Algunos sostienen, a partir de este gesto de Cisneros Betancourt, que el nuevo Presidente pretendía asegurar al depuesto Primer Mandatario. En cambio, otros permiten la duda en relación con la posibilidad de que Cisneros haya tenido garantizada la no aprobación de dicha atención especial. Quienes sustentan esta incertidumbre, emplean  como argumento la nota que alguien escribió en el Diario del ex Presidente después de su asesinato y al pie de una cruz: “Parece que el Bon de San Quintín (o sea su jefe) recibió un aviso o confidencia del punto donde se encontraba el ex presidente; y que este aviso se lo dio un negro presentado que había sido sirviente, ordenanza o asistente (algunos dicen que fue esclavo) del Presidente, Marqués de Santa Lucía el C. Salvador Cisneros; Céspedes se queja continuamente en su diario de las vejaciones que sufre del sucesor suyo, y teme (así lo demuestra y dice) que le retarde el pasaporte para el extranjero con algún fin siniestro.”

Lo que sí comparten la mayoría de los investigadores es que Ignacio Agramonte –con su caballerosidad, inflexibilidad moral y autoridad- no hubiera accedido a la deposición del presidente de Céspedes, y mucho menos al acorralamiento y al ostracismo, a la indefensión y al abandono, que le impusieron sus compatriotas. (Unos día antes de su muerte anotó en el Diario: “En cuanto a mí, soy una sombra q. vaga pesarosa en las tinieblas”).

Ostracismo

Mientras la Cámara estuvo en sesión tratando el asunto de la deposición, en Bijagual de Jiguaní (zona cubierta hoy por las aguas de una presa llamada: Carlos Manuel de Céspedes), el todavía Presidente, en su campamento de la Somanta, jugaba al ajedrez con un ayudante, y cuando recibió la noticia traída por un amigo los consoló de ella. Ante el peligro de esta resolución, algunos jefes le aseguraron que el ejército estaría con él si decidía no aceptar la decisión de la Cámara. Pero esto, por supuesto, fue rechazado por de Céspedes, pues ello implicaba una rebelión contra las leyes y las autoridades de la República en Armas, y un enfrentamiento entre las tropas de la Cuba libre.

Muchos se preguntaron por qué –una vez desatado el dilema- el Presidente no renunció antes de que lo depusieran. El martes 16 de diciembre de 1873 anotó en su Diario las causas por las que –conociendo de las intrigas- no renunció: “1) Los Diputados nunca me brindaron un pretexto suficiente; ante al contrario. Con arte ó casualmente siempre me atrajeron á un terreno desventajoso para esa resolución. 2) Se hubiera atribuido a debilidad, cobardía, cansancio, u otra causa poco honrosa. 3) Los mismos que trataban de deponerme lo hubieran negado y acusándome de violencia o capricho, me hubieran echado toda la responsabilidad que hoy pesa sobre ellos. 4) Los que habían empeñado sus personas o sus caudales en la empresa, fiados en mi constancia y permanencia en el Gobierno, me hubieran abrumado con sus quejas de haberlos dejado en la estacada. 5) Siendo consecuencia forzosa de mi salida de la Presidencia la marcha al extranjero por las causales que constan en mi solicitud, no habría podido hacer esta sin que se dedujera que mi deseo de embarcarme había sido el fundamento principal de mi renuncia y habríamos sufrido la patria y yo las consecuencias que preveo y quiero evitar. 6) No habría dado con la conducta que he observado antes y después de la deposición el mejor ejemplo de respeto a la Constitución, obediencia a las leyes y sumisión a las autoridades de la República. Creo que estas son razones muy poderosas para no haber adoptado una medida que en último caso no podía ser provechosa más que para mí mismo.”

Había sido presidente de Cuba durante cuatro años y seis meses. Ahora, ante esta circunstancia, y sólo por el bien de la causa cubana -pero no sin haber sufrido antes una serie de afrentas por parte del nuevo gobierno-, el 25 de septiembre de 1873, decide aceptar la posibilidad, hasta entonces jamás pensada y siempre rechazada, de salir del País. Pero el pasaporte jamás llegó. Como el documento tardaba, se retiró con su hijo mayor, el cuñado y un sirviente, a un lugar de la Sierra Maestra llamado San Lorenzo, situado entre varios arroyos, a la margen derecha del Contramaestre.

Aun retirado en la Sierra Maestra y detenido por las autoridades de la República en Armas, quienes revisaban hasta su correspondencia, le llegaban mensajes de fidelidad y gratitud. Durante su estancia en aquel sitio se relacionó con todos sus habitantes, a los que ayudó en lo que pudo y de quienes recibió cariño y apoyo, sobre todo en la medida en que se iba quedando sólo, pues el Gobierno de Cuba en Armas le fue quitando acompañantes, con el “argumento” de que hacían falta en posiciones más efectivas para la lucha. En medio de esta inseguridad, decidió enviar a su esposa el puño de la espada del difunto Perucho Figueredo y la bandera de Yara, para que los guardara hasta tanto hubieran “mejores días”. Su esposa cuidó la bandera hasta que regresó a Cuba en 1898, y cumpliendo con un deber sagrado, hizo donación de ella a la Cámara de Representantes.

La muerte

Ante la naturaleza hermosa y feraz de Cuba, la soledad fue la última prueba para aquel que había desencadenado a un pueblo entero de la servidumbre. Los españoles tuvieron noticias del sitio en que se encontraba de Céspedes, en aquellos montes salvajes y difíciles de penetrar, y deseaban capturarlo vivo para hacer ostentación de tan excelso prisionero. Para esto, decidieron rodear el lugar e ir estrechando, poco a poco, el cerco.

El jueves 29 de enero de 1874 -30 días antes del asesinato y según consta en su Diario- el corazón le hacía intuir la muerte. El miércoles 25 de febrero, 48 horas antes de morir, pasó la noche agitado por sensaciones y sueños extravagantes. En uno de estos sueños se vio transportado a un templo donde se realiza su matrimonio con una novia desconocida, y durante la celebración, esta es interrumpida súbitamente por la aparición de dos damas luctuosas, reconociendo en una de ellas a su difunta esposa Carmita, ante la que se arrodilla y pide perdón por lo que estaba ocurriendo.

El último día de su vida, el 27 de febrero, a causa de una lluvia intensa, no salió temprano de la casa para dar el recorrido habitual y –partiendo, quizá, de una intuición misteriosa y fuerte- se dedicó a confeccionar una reseña biográfica de sus más crueles enemigos en la República. Ya en las horas finales de la mañana, se vistió lo más elegante que pudo (chaqué de paño negro, pantalón de casimir oscuro y chaleco de terciopelo a cuadros con rayas punzó) y salió del bohío para hacer algunas visitas.

Conversando en una casa, una niña le avisa que los españoles están cerca. Al salir, de Céspedes se vio acosado por sus perseguidores y decidió que vivo no lo cogerían. Se retiró haciendo fuego hacia un barranco que ofrecía una esperanza de salvación. Algunos historiadores mantienen que en el trayecto recibió un disparo en una pierna, pero que continuó su camino hasta llegar al borde del declive, donde se ocultó para descargar su revólver contra el enemigo. No faltan quienes añaden que guardó el último proyectil para sí mismo, ni quienes insisten en asegurar que al fracasar este intento de suicidio, se lanzó barranco abajo. Del mismo modo, subsiste otra tesis: haber sido baleado por un guerrillero cubano, con un fusil español, para que se realizara la profecía de Valmaseda. Sin embargo, testimonios familiares que llegan hasta el presente y declaraciones de vecinos del propio de Céspedes en San Lorenzo, coinciden en afirmar que el Padre de la Patria se defendió de una patrulla española donde no había un solo cubano. Asimismo, concuerdan en que durante su retirada de espaldas y muy cerca ya de la pendiente, fue alcanzado por un disparo, cayendo despeñadero abajo. Estos dos criterios son antagónicos con algunas de las tesis antes mencionadas.

Manuel Sanguily, en un discurso pronunciado en New York el 10 de octubre de 1895, describe este momento de la historia patria: “y así aceptó solo, aunque por breves momentos, el gran combate de su pueblo, mientras ganaba la selva cercana, envuelto por el humo de sus detonaciones; pero había llegado al borde del alto barranco; acorralado, perdido, no vacila en el instante supremo, se ofrece al porvenir como ejemplo magnífico de fortaleza, se ofrenda a la patria en holocausto, y con el corazón destrozado por su propia mano en el último disparo, desaparece en el foso, como un sol de llamas se hunde en el abismo”.

Sobre un caballo, los españoles condujeron el cadáver a Santiago de Cuba. Allí lo expusieron para que todos se convencieran de la caída. Se dice que tenía los ojos grandes y abiertos, y que su apariencia era de extraordinaria serenidad. Su agente secreto le explica en una carta a Ana de Quesada: “Su cadáver llegó aquí en la mañana del 1 del corriente; fue conducido al Hospital Civil y puesto a la expectación pública (…) se notaba una herida en la tetilla derecha, el ojo del mismo lado muy amoratado y el cráneo hundido. Según opinión de algunos él mismo se quitó la vida”.

Fue enterrado sin ceremonia en una fosa común. No obstante, manos piadosas pudieron exhumarlo, la noche del 25 de marzo de 1879, en el Cementerio de Santa Efigenia. Así se pudieron salvar los restos de quien había sido destituido como Presidente de la República en Armas, pero jamás dejaría de ser su Primer Ciudadano. A Carlos Manuel de Céspedes es posible tributarle las solemnes y emotivas palabras del Apóstol: “la muerte no es verdad cuando se ha cumplido bien la obra de la vida”.

José Martí, con su acostumbrada e intensa comprensión de los hechos y las circunstancias, pudo ver claro el fondo del problema, y en fecha tan remota como el año 1877 asumió, con mano firme, la defensa y la justificación de Carlos Manuel de Céspedes, a quien llamaba: un hombre de mármol, refiriéndose a sus grandes cualidades y energías.

“Se le acusaba –comenta el apóstol- de poner a cada instante su veto a las leyes de la Cámara.” Y aclara, que a esto Céspedes respondía: “Yo no estoy frente a la Cámara, yo estoy frente a la Historia, frente a mi país y frente a mí mismo. Cuando yo creo que debo poner mi veto a una ley lo pongo, y dejo tranquila mi conciencia” (…) “El insigne bayamés –sentencia Martí- persigue un objetivo rápido y único: la independencia de la patria, y cree que la unidad de mando es la salvación del movimiento revolucionario. La Cámara, que busca otra finalidad: lo que será el país después de la independencia, también tiene su razón; pero en el momento de la lucha, la razón mediata de la Cámara debe ceder ante la razón inmediata de Céspedes.” (…) “El héroe de La Demajagua, que teme perder el tiempo, que tanto necesita, concreta su aspiración –sentencia Martí- en una sola frase: ¡Libres de España! De ahí el título de Capitán General que asume para no provocar cambios sustanciales y ahorrarse asimismo largas y necesarias explicaciones. De ahí también su creencia de que cada discurso pronunciado es una legua perdida; porque el medio propicio para la tribuna es la paz, y el ambiente lógico de las revoluciones es la acción. Y en esa su premura de tiempo, está la explicación de todos sus actos, el motor de todos sus impulsos y la excusa y el perdón de todas sus faltas.”

Juicio equilibrado el de José Martí, a quien -por obra de la Providencia o de esas increíbles coincidencias de la historia- le tocó morir en la confluencia del Cauto y el Contramaestre, no lejos de donde 21 años atrás cayera el Padre de la Patria, como consecuencia de un universo de circunstancias en la que igualmente pesaba la falta de una visión trascendente de sus compatriotas, y llevando consigo la escarapela presidencial(5), que un día un grupo de señoritas bayamesas había bordado para el primer presidente de los cubanos.

Notas

1) Tres hermanos de Doña María del Carmen -Ignacio, Manuel y Rafael- pelearon en México bajo la bandera que sostenía el presidente Juárez, en la guerra contra el imperio de Maximiliano.

2) El general Prim que –se dice- estaba a favor de reformas políticas y de la libertad de Cuba, llegó a ser –además- respetado en México, pues retiró sus tropas de este país para no contribuir a las aspiraciones del Archiduque Maximiliano de Austria, apoyadas por Napoleón III. A consecuencia –parece- de sus posiciones políticas, en 1870, sufrió un atentado en una oscura callejuela de Madrid y murió como consecuencia de las heridas recibidas.

3) Carlos Manuel de Céspedes tuvo otros hijos no reconocidos legalmente. Estos resultaron de la unión extramarital, durante su viudez, con Candelaria Acosta (Cambula).

4) Elías Entralgo en su libro La insurrección de los Diez Años, publicado en 1950 en La Habana, anota agudamente la trascendencia, en la formación del localismo, de lo que él llama complejo familia: “Los individuos marchados a los campos de rebeldía no lo hicieron solos. Aprovechando la protección natural que les brindaba la montaña o el bosque y la situación militar del ejército enemigo, que no operaba, por lo general, sino en columnas numerosas y lentas, fueron a la manigua insurrecta acompañados de sus familiares. Estos lazos sentimentales engendraron, en lo doméstico, los ranchos, y en lo guerrero las partidas, adversas a la disciplina, la ordenanza y la organización para empresas militares en gran escala”.

5) La escarapela presidencial de Céspedes, se la había confiado a José Martí, al salir para Cuba, Fernando Figueredo Socarás, secretario y amigo del depuesto Presidente.

  1. teste

Texto de Roberto Veiga González publicado por la revista Palabra Nueva en febrero de 2004.

Bibliografía

a. Céspedes. Visto por los ojos de su hija. Gloria de los Dolores de Céspedes y de Quesada. Academia de la Historia de Cuba. La Habana. 12 de agosto de MCMXXXIV.

b. Manual de Historia de Cuba. Ramiro Guerra y Sánchez. Habana Cultural SA. La Habana. 1938

c. República de Cuba. Orden Nacional de Merito: Carlos Manuel de Céspedes. Dr. Julio Morales Coello. Consejo Nacional de la Orden. La Habana. 1944.

d. Carlos Manuel de Céspedes. De Bayamo a San Lorenzo. Publicaciones del Ministerio de Educación. La Habana. 1944

e. Entorno a una gran vida. Dr. Néstor Carbonell y Rivero. Academia de la Historia de Cuba. La Habana. 1948

f. Historia constitucional cubana. Ramón Infiesta. Cultural SA. La Habana. 1951

g. La guerra libertadora cubana de los treinta años. Emilio Roig de Leuchsenring. Oficina del Historiador de la Ciudad de La Habana. La Habana. 1958

h. Cartas de Carlos M. de Céspedes a su esposa Ana de Quesada. Instituto de Historia. La Habana. 1964

i. Carlos Manuel de Céspedes. El Diario Perdido. Eusebio Leal Spengler. Ciudad de Zamora. 27 de febrero de 1992.

SOBRE LOS AUTORES

( 55 Artículos publicados )

Jurista y politólogo. Miembro del Diálogo Interamericano. Editor de la revista católica Espacio Laical (2005-2014) y director del Laboratorio de Ideas Cuba Posible (2014-2019).

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