El director del centro de estudios "Cuba Próxima" acaba de regresar a La Habana tras pasar casi siete años en España. "Voy a volver", explica, "porque estoy convencido de que la verdadera solución —ardua y arriesgada, pero que evitará el ciclo interminable de una 'crisis de dignidad' tras otra— solo puede forjarse desde dentro. La soberanía debe ser devuelta a los ciudadanos; deben ser la fuerza decisiva de una nueva República".
Entrevista de Lucia Capuzzi a Roberto Veiga González, publicada originalmente en italiano por Avvenire
“Estos son tiempos en los que es necesario cambiar.” Al anunciar el último paquete de reformas económicas, el presidente Miguel Díaz-Canel intentó mantenerse imperturbable. Sin embargo, el contenido de las medidas revela la gravedad de la crisis en curso en la isla. Asfixiado por el bloqueo petrolero y las restricciones financieras de la administración Trump, el gobierno cubano ha aceptado romper una serie de tabúes y abrirse a una descentralización sin precedentes del aparato estatal, la participación de empresas públicas en el mercado de divisas y, sobre todo, las inversiones de la diáspora cubana. “La isla está atravesando la fase más crítica y compleja de su historia republicana. No es solo una crisis económica o humanitaria; es una crisis de identidad nacional”, dice Roberto Veiga González, jurista y politólogo, uno de los intelectuales católicos más conocidos del país. El director del centro de estudios “Cuba Próxima” acaba de regresar a La Habana tras pasar casi siete años en España. “Voy a volver”, explica, “porque estoy convencido de que la verdadera solución —ardua y arriesgada, pero que evitará el ciclo interminable de una ‘crisis de dignidad’ tras otra— solo puede forjarse desde dentro. La soberanía debe ser devuelta a los ciudadanos; deben ser la fuerza decisiva de una nueva República”.
1) ¿Por qué ha decidido retornar a Cuba en este momento?
Cuba atraviesa la fase más crítica y compleja de su historia republicana. No es solo una crisis económica o humanitaria; es una crisis de propósito nacional. En este escenario, la Isla enfrenta una soledad estratégica peligrosa, pues los actores internacionales, frustrados por la inmovilidad del Gobierno, se han retirado o mantienen un alejamiento cauto. Mientras tanto, Washington parece oscilar entre la presión estridente y el cálculo mercantilista, todo ello sobre un tablero nacional caracterizado por una polarización estéril, o sea, un conflicto alimentado de sí mismo que no ofrece otra perspectiva y, en algunos, casos se limita a abogar por el tutelaje de Estados Unidos.
Regreso porque estoy convencido de que la solución real —esa que será ardua y arriesgada, pero que evitará el ciclo interminable de una “crisis de dignidad” tras otra— solo puede gestarse desde dentro. La soberanía debe ser devuelta a la ciudadanía; ella debe ser la fuerza decisiva de una nueva República. Y ese proceso, por definición, solo puede nacer en el cuerpo mismo de la nación.
2) ¿Qué es lo que más le ha impactado de la realidad actual y qué sentimiento predomina en la población?
Es desolador contemplar a un pueblo exhausto, sumido en una angustia existencial. Lo que predomina no es solo el sufrimiento, sino una profunda desconfianza hacia el espectro político en su conjunto. El cubano de a pie siente un abandono absoluto; percibe que, tanto desde el oficialismo como desde ciertas oposiciones, se le utiliza como “carne de cañón” para dirimir intereses, egos, rencores personales o intereses geopolíticos ajenos. La sensación de ser un rehén de la lucha de terceros es el sentimiento predominante en la base social cubana.
3) ¿Cuál será el eje de su trabajo desde la Isla?
Me integraré plenamente en la realidad cotidiana —marcada por la fractura social, los apagones y la carencia material— para impulsar, junto a un equipo de artífices en la Isla y en el exterior, nuestra propuesta La apertura acordada: Una hoja de ruta para la reconstrucción nacional. Estamos preparados para asumir el costo político y personal que conlleva defender una hoja de ruta para la reconstrucción nacional en un entorno hostil. Nuestra labor no será la de la protesta aislada, sino la de la construcción de posibilidades.
4) ¿Existen espacios para impulsar esta apertura?
Si nos atenemos a la realidad institucional, la respuesta es no; no existen espacios legales ni garantías. Por el contrario, los riesgos para quienes disienten son máximos. Sin embargo, en política, la necesidad define la oportunidad. Si esperamos a que las condiciones sean “fáciles” o “cómodas” para impulsar la transformación necesaria, sencillamente nunca actuaremos. Esperar la comodidad es la apuesta de los débiles. La apertura es – y precisamente porque es difícil- la única vía para romper el ciclo de miseria y angustia.
5) ¿Cómo evalúa el estado actual de las fuerzas políticas alternativas?
La lucha democrática cubana padece de un grave déficit de peso político real. Carecemos de estructuras capaces de transformar el diagnóstico de la crisis en una estrategia de poder ejecutable. Falta incidencia social, faltan partidos con membresía activa y falta una conexión orgánica entre la academia, el pensamiento político y la ciudadanía. Hoy, la “fuerza” de la oposición radica más en la propia debilidad del Gobierno que en sus propios méritos organizativos.
No obstante, en este instante observamos dos grandes dinámicas. La apuesta por la presión externa a través de un sector que busca el tutelaje de Estados Unidos y la máxima presión como mecanismo único de cambio. Y la apuesta defendida por sectores que, como nosotros, apuestan porque se les devuelva la soberanía a la ciudadanía para que sea esta la fuerza que dé origen a la nueva República.
6) ¿Cómo vislumbra la evolución de esta crisis y qué riesgos entraña?
La respuesta a si podremos avanzar hacia un Estado de Derecho propio, inclusivo y próspero, se definirá en los próximos meses. La Administración estadounidense, aunque ciertamente reacia a una intervención directa, está elevando la presión al máximo para forzar una fragmentación del poder que facilite una negociación bilateral. Pero ello posee un doble riesgo.
Por un lado, si el poder resiste sin ceder y el caos se desborda, Washington podría verse obligado a intervenir para contener la inestabilidad migratoria y la posibilidad de que se instale en la Isla el crimen organizado, lo cual arruinaría la posibilidad de consolidar cuando antes un tejido nacional propio. Una intervención, incluso “bienintencionada”, atrofiaría la capacidad de la nación para comenzar a construir desde ya sus propios músculos democráticos y seguramente obligaría a Estados Unidos a permanecer indefinidamente en la Isla.
Por otro lado, si la ocupación se produce y luego se retira en medio de tales condiciones, dejaría un vacío de “posguerra” que, históricamente, ha sido el caldo de cultivo ideal para una guerra civil. La lección de nuestra historia, desde 1898, es clara; si se frustra nuestra responsabilidad nacional, terminamos pagando el precio durante décadas.
De manera que antes de preguntarnos si lograremos la República que soñamos, debemos preguntarnos si estamos dispuestos a recuperar la responsabilidad de ser una nación realmente soberana.
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